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Desconexión

Las oposiciones estaban pasando factura al matrimonio. Luis estaba cada vez más cansado. A veces se dejaba llevar por el estrés y Marcela debía respirar hondo para no coger las maletas y marcharse hasta que finalizaran. No había tregua entre ellos. Trabajar. Estudiar. El calendario parecía haberse parado y el once de abril marcado en rojo se alejaba en vez de estar cada vez más próximo. Marcela empezó a utilizar ropa sexi mientras paseaba desnuda por casa; incluso tuvo el intento, fallido hemos de decir, de cocinar ligera de ropa, pero Luis parecía tener un antifaz que le impedía ver todo aquello que no estuviera ligado con la Física. Hasta que ella se cansó. Ya habían pasado dos meses sin un beso, ni una caricia y ya ni hablamos de puro sexo. Él estaba inmerso en el tema siete mientras Marcela, ataviada con una braguita en forma de falda y un sujetador que le daba un toque de dominatriz, se metió por debajo de la mesa. Empezó a desabrocharle el pantalón hasta quedar a la luz un pene…
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Aquello que nunca seré

Por mucho que intente olvidarte solo imagino mis dedos recorriendo tu cuerpo, aún vestido, para tener el placer de ir desvistiéndote lentamente. Aflojar el nudo de tu corbata mientras te dirijo una mirada traviesa, desvelándote que utilices la tela a tu antojo. Deslizar la ropa a la vez que mis yemas recorren tu piel. Mordisquear tu labio inferior como permiso para adentrarme en tu boca. Mis dedos sienten cada contracción de tus músculos. Mi mirada capta la tensión de tu mandíbula cuando el quiero y el debo deciden lanzarse a la lucha. Permaneces desnudo a mi merced y mis labios besan cada rincón permitido de tu cuerpo. Me detengo en tu clavícula para extraer el néctar de tu excitación. Saboreo tus aureolas para terminar mordisqueando con maldad tus pezones hasta oírte gritar y ver cómo entrecierras los ojos. Recorro la línea alba con la punta de mi lengua hasta llegar a tu pubis. Tu cuerpo reacciona a cada caricia, cada beso, cada mordisco y tu pene solicita mi atención. Lo recorro c…

Ictus

Ya está aquí otra vez esta puta. Podría dejar de darme el coñazo de una jodida vez. Ahora me obligará a levantarme, a beberme esa mierda de café que hace y comerme unas galletas porque nunca tiene tiempo para hacerme un desayuno en condiciones. Menuda suerte tiene de que no pueda enseñarle cómo cojones tratar a un hombre. ¡Maldita la hora que me dio este puto ictus! La muy zorra que pretendía abandonarme, ¿quién coño se había creído que era ella? Que le pego, dice. Mas tenía que haberle pegado para que aprendiera a respetarme. Ella es la que me debe respeto a mí que para eso soy su marido. Seguro que ahora aprovecha para tirarse a cualquiera, la muy puta. ¡Qué suerte tiene que no me pueda mover de esta jodida silla! Pero soy yo quién ríe el último. Ahora no podrá dejarme nunca, sonrío mientras la miro, y me mira con extrañeza.
–Déjame, coño, ya. ¡No necesito tu ayuda, joder!
–Como quieras, pero o empiezas a tratarme con respeto o tendrás que apañártelas tú solito.
–¿Dónde crees que…

Amantes

Escuché el pitido del móvil en la otra habitación. Traté de hacer memoria y pensé si tenía alguna respuesta pendiente, pero no lo recordaba. Me acerqué con expectación hacia donde descansaba mi teléfono. Me sorprendió ver un mensaje de él después de varias semanas desaparecido. No lo esperaba, pero mis labios formaron una sonrisa pícara. Intuía que no era el pulso lo que quería tomarme. Tras una charla algo subida de tono, decidimos que era el momento de poner en práctica lo imaginado. Una ducha rápida, un conjunto sexy, un toque de color en las mejillas, unos jeans ajustados y unos tacones que estilizaban mis piernas. Lo importante era sentirse cómoda, pero el toque sexy me divertía. El tic tac del reloj marcaba la proximidad de la cita; los nervios subían por mi garganta y la humedad bajaba por mi entrepierna. Dos besos. Algunas palabras. Una mirada directa, una sonrisa y los besos comienzan. Son apresurados, con ahínco. Labios mordidos por el deseo. Siento como los nervios van dilu…

Inesperado

Tras 10 años casados la rutina estaba más que instalada en nuestras vidas. El trabajo, las extraescolares, los compromisos, la familia... todo parecía estar por delante de nuestra relación. La cama pasó de ser un campo de batalla a un yermo terreno veraniego. A veces me quedaba observándole desde la distancia mientras jugaba con los niños o se perdía en las hojas de un libro y mi entrepierna reaccionaba. El deseo estaba latente, pero parece que nunca sintonizábamos el mismo canal a la vez. Una noche me acosté pronto con un fuerte dolor de cabeza, dejándole a él a cargo de las tareas domésticas y nuestros hijos. Somos más de dividir, pero esta vez el dolor me superaba. Pasadas unas tres horas, aproximadamente, me desperté, pero el frío invadía el otro lado del colchón. Una luz tenue procedente del salón se colaba por debajo de la puerta. Con tranquilidad me incorporé, bebí un poco de agua y descalza me dirigí hacia la claridad. La imagen desde la puerta me pareció hermosa y muy, muy su…

Inspiración sexual

Cada viernes cogía su libreta y su bolígrafo y se dirigía a una pequeña cafetería del centro donde servían una tarta de chocolate exquisita. Desde su rincón observaba el devenir de clientes que entraban a calentar su cuerpo con un café caliente entre las manos. Pero hoy su mirada se quedó parada en el rincón opuesto. Un chico ligeramente más joven que ella, delgado, de pelo castaño claro, ojos oscuros, permanecía de pie. Vestía unos pantalones de pinza color arena y un chaleco granate. Demostraba cierta soberbia, el hecho de saberse guapo. Cuando sus miradas se cruzaron eran juguetonas y ardientes. Él movía sus dedos por la pantalla del móvil a la vez que lanzaba miradas furtivas a la joven solitaria que se perdía entre las líneas de su libreta. Ella fue descendiendo su mirada por el cuerpo de él y notó un ligero movimiento por debajo de la cintura. Esto hizo que sus bragas comenzaran a humedecerse. Se levantó lentamente y se dirigió al baño, pero cuando llegó a la altura de él, se pa…

Nuestras normas

Preparó una cena ligera para compensar el exceso de las cañas del mediodía. Llevaba un moño en lo alto de la cabeza hecho de forma improvisada. Una vieja sudadera y unas mallas eran el resto de su indumentaria. A las doce en punto sonó el portero y ella, extrañada, se acercó el telefonillo a su oído lanzando un suave sí. Al otro lado, una voz ronca, varonil, seguramente influenciada por el frío, el alcohol y algún cigarro esporádico. No se veían con frecuencia, no seguían unas directrices establecidas, pero cuando uno acudía, el otro se unía. No eran una pareja, solo dos conocidos que iban profanándose a través de caricias, besos y orgasmos robados. Se recibieron con un casto beso, alguna frase formal, pero el deseo los atraía mutuamente. Los besos iban delante de las caricias, estas adelantaban a los pellizcos y cuando el calor subió sus grados la ropa fue cayendo con rabia contra el suelo. Él la empujó de cara contra la pared mientras con sus manos iba recorriendo el interior de sus …