Ir al contenido principal

Aquello que nunca seré

Por mucho que intente olvidarte solo imagino mis dedos recorriendo tu cuerpo, aún vestido, para tener el placer de ir desvistiéndote lentamente. Aflojar el nudo de tu corbata mientras te dirijo una mirada traviesa, desvelándote que utilices la tela a tu antojo. Deslizar la ropa a la vez que mis yemas recorren tu piel. Mordisquear tu labio inferior como permiso para adentrarme en tu boca. Mis dedos sienten cada contracción de tus músculos. Mi mirada capta la tensión de tu mandíbula cuando el quiero y el debo deciden lanzarse a la lucha. Permaneces desnudo a mi merced y mis labios besan cada rincón permitido de tu cuerpo. Me detengo en tu clavícula para extraer el néctar de tu excitación. Saboreo tus aureolas para terminar mordisqueando con maldad tus pezones hasta oírte gritar y ver cómo entrecierras los ojos. Recorro la línea alba con la punta de mi lengua hasta llegar a tu pubis. Tu cuerpo reacciona a cada caricia, cada beso, cada mordisco y tu pene solicita mi atención. Lo recorro con la palma de mi mano. Y mis labios desean ser penetrados por él, darle el calor del interior de mi boca, sentir la humedad de mi cuerpo, pero yo permanezco observándote y tus besos no se pierden en mi boca, ni tus manos recorren mis nalgas ni tu pensamiento gasta sus minutos en mí. Desde la distancia, soy una sombra con sus tacones de diez centímetros y una mirada perdida en el océano que nos separa. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Ictus

Ya está aquí otra vez esta puta. Podría dejar de darme el coñazo de una jodida vez. Ahora me obligará a levantarme, a beberme esa mierda de café que hace y comerme unas galletas porque nunca tiene tiempo para hacerme un desayuno en condiciones. Menuda suerte tiene de que no pueda enseñarle cómo cojones tratar a un hombre. ¡Maldita la hora que me dio este puto ictus! La muy zorra que pretendía abandonarme, ¿quién coño se había creído que era ella? Que le pego, dice. Mas tenía que haberle pegado para que aprendiera a respetarme. Ella es la que me debe respeto a mí que para eso soy su marido. Seguro que ahora aprovecha para tirarse a cualquiera, la muy puta. ¡Qué suerte tiene que no me pueda mover de esta jodida silla! Pero soy yo quién ríe el último. Ahora no podrá dejarme nunca, sonrío mientras la miro, y me mira con extrañeza.
–Déjame, coño, ya. ¡No necesito tu ayuda, joder!
–Como quieras, pero o empiezas a tratarme con respeto o tendrás que apañártelas tú solito.
–¿Dónde crees que…

Querido diario

Querido diario,
Hoy venía desarreglado, como si no hubiera tenido tiempo a arreglarse. Tal vez, se haya desnudado para otra. Aunque eso ya no me importa. Hace tiempo que sus aventuras dejaron de importarme, y sin embargo, no consigo escapar de aquí. Parece que este maldito anillo bloquea mis fuerzas, mi voluntad. Hace tiempo que dejé de existir. Ya no existe la Aurora de antes o, por lo menos, hace tiempo que dejé de reconocerme frente al espejo. También dejé de buscar mi reflejo porque odiaba lo que en él veía.  Al principio, te culpabilizas por la situación. Te convences a ti misma que aquello es pasajero, que ha sido un hecho aislado, producto del stress, de la tensión o de cualquier otra cosa nimia que en aquel momento te parece lo más grande del mundo. Pero se repite una y otra vez. En cualquier momento. En cualquier situación. Cualquier día. Intentas prepararte, como si fuera necesario un ejercicio de meditación para calmar su ira, aunque el ejercicio lo hacía yo. Mi ira no ex…

Desconexión

Las oposiciones estaban pasando factura al matrimonio. Luis estaba cada vez más cansado. A veces se dejaba llevar por el estrés y Marcela debía respirar hondo para no coger las maletas y marcharse hasta que finalizaran. No había tregua entre ellos. Trabajar. Estudiar. El calendario parecía haberse parado y el once de abril marcado en rojo se alejaba en vez de estar cada vez más próximo. Marcela empezó a utilizar ropa sexi mientras paseaba desnuda por casa; incluso tuvo el intento, fallido hemos de decir, de cocinar ligera de ropa, pero Luis parecía tener un antifaz que le impedía ver todo aquello que no estuviera ligado con la Física. Hasta que ella se cansó. Ya habían pasado dos meses sin un beso, ni una caricia y ya ni hablamos de puro sexo. Él estaba inmerso en el tema siete mientras Marcela, ataviada con una braguita en forma de falda y un sujetador que le daba un toque de dominatriz, se metió por debajo de la mesa. Empezó a desabrocharle el pantalón hasta quedar a la luz un pene…