Ir al contenido principal

Recorriendo


Cuando empezaba a caer la tarde, le gustaba recorrer las ruinas de aquella vieja fábrica. Escombros de éxitos pasados. Historias que se escapan entre medias paredes de hierro y ladrillo. Allí, perdida, se siente como en su hogar, una pieza resquebrajada, que hace ya tiempo hasta el olvido dejó en un rincón. Pequeños pasos hundidos en la tierra mojada que sólo la nocturnidad, el sexo y el alcohol se acuerdan de visitar. Un lúgubre silencio que sólo el viento osa en romper haciendo estremecer su talla treinta y seis. Llora hacia dentro, porque derramar lágrimas es un derecho que ella cree no pertenecerle. Recorre aquellas calles cada semana buscándose, buscando una mano que no encuentra, porque por mucho que ella alumbre su camino, hay quienes no están dispuestos a apartar los matorrales que tapan los destellos de los faros. Sólo hay un camino que se recorre en soledad, perdida en la oscuridad con la máscara de la vida.

Comentarios

  1. El camino está lleno de piedras pero es el camino a seguir, encontrará esa mano y dejará de lado la oacuridad. Besos.

    ResponderEliminar
  2. Gracias por pasarte siempre. Beijinhos.

    ResponderEliminar
  3. y a veces se siente asi como estar perdido siempre abra una manera de que las cosas mejoren

    ResponderEliminar
  4. A veces, obnubilados como estamos en su busqueda, es la ausencia de esa mano la que nos dificulta ver que aún en soledad avanzamos. Metro a metro, día a día. Que el Joe de hace una semana o la Ardid que fue hace unas horas ha crecido y tomado el paso aun de modo inconsciente pero firme y siempre adelante.

    ResponderEliminar
  5. SweetElisabeth! Siempre hay un camino que seguir y si no, tendremos que usar el pincel para dibujarlo.
    The Darkness Joe. Coincido contigo plenamente. ;)

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Confesó

Entradas populares de este blog

Escape

Trato de buscar la inspiración a golpe de cama. Devoro unos labios como si nunca me hubieran alimentado antes. Siento su humedad transferida a mi oxidada boca. Recorro su bíceps solo para recordarlo entre las sábanas. Acaricio sus cicatrices sin saber quiénes se las hicieron. Este trato no conlleva preguntas indiscretas. Todo se vuelve rápido, ansioso, pasional, el deseo de sabernos poseídos y de marcarnos mutuamente. Evitamos miradas ocultas tras el velo de la sexualidad. Mi lengua lame su cuello, absorbe su olor. Mis dientes dejan huella en el centro de su aureola. Su espalda es testigo del paso de mis uñas en cada embestida, recuerdos perecederos que emanan de su sonrisa. Su pene siente mi calor interno, lo acoge con desesperación. Una única vez. Dos cuerpos depositados en un viejo colchón. Un pensamiento, el del sexo. Otro pensamiento, el de no volverse a ver.

Ictus

Ya está aquí otra vez esta puta. Podría dejar de darme el coñazo de una jodida vez. Ahora me obligará a levantarme, a beberme esa mierda de café que hace y comerme unas galletas porque nunca tiene tiempo para hacerme un desayuno en condiciones. Menuda suerte tiene de que no pueda enseñarle cómo cojones tratar a un hombre. ¡Maldita la hora que me dio este puto ictus! La muy zorra que pretendía abandonarme, ¿quién coño se había creído que era ella? Que le pego, dice. Mas tenía que haberle pegado para que aprendiera a respetarme. Ella es la que me debe respeto a mí que para eso soy su marido. Seguro que ahora aprovecha para tirarse a cualquiera, la muy puta. ¡Qué suerte tiene que no me pueda mover de esta jodida silla! Pero soy yo quién ríe el último. Ahora no podrá dejarme nunca, sonrío mientras la miro, y me mira con extrañeza.
–Déjame, coño, ya. ¡No necesito tu ayuda, joder!
–Como quieras, pero o empiezas a tratarme con respeto o tendrás que apañártelas tú solito.
–¿Dónde crees que…

Querido diario

Querido diario,
Hoy venía desarreglado, como si no hubiera tenido tiempo a arreglarse. Tal vez, se haya desnudado para otra. Aunque eso ya no me importa. Hace tiempo que sus aventuras dejaron de importarme, y sin embargo, no consigo escapar de aquí. Parece que este maldito anillo bloquea mis fuerzas, mi voluntad. Hace tiempo que dejé de existir. Ya no existe la Aurora de antes o, por lo menos, hace tiempo que dejé de reconocerme frente al espejo. También dejé de buscar mi reflejo porque odiaba lo que en él veía.  Al principio, te culpabilizas por la situación. Te convences a ti misma que aquello es pasajero, que ha sido un hecho aislado, producto del stress, de la tensión o de cualquier otra cosa nimia que en aquel momento te parece lo más grande del mundo. Pero se repite una y otra vez. En cualquier momento. En cualquier situación. Cualquier día. Intentas prepararte, como si fuera necesario un ejercicio de meditación para calmar su ira, aunque el ejercicio lo hacía yo. Mi ira no ex…