Mis nalgas rozan tu cuerpo mientras te dirijo una mirada de disculpa. Tu mano permanece sujeta a una copa de vino y en tu mirada vislumbro la rabia por sentirme y no tenerme. Mis tacones se van alejando de ti y con cada peldaño que desciendo mi minifalda es agitada como si el viento deseara revelar mis secretos. Nos separan algunos metros, pero siento el calor de tu mirada en mi entrepierna. Veo tus susurros en la oreja de otra, tus labios acariciando su piel, tu sonrisa traviesa, pero tu mirada fija en mí, en mis ojos; divisando cómo muerdo mis labios, cómo muevo mis caderas al compás de la música. Tal vez tu mano empiece a descender y tal vez veas pasar mi trasero cerca del tuyo; tal vez te susurre desde la distancia “mis labios hubieran deseado a los tuyos”; tal vez hubieras agarrado mi mano, hubieras girado mi cuerpo y me hubieras robado un beso lento, sabroso, caliente, húmedo. Sin embargo, aquí seguimos, separados por cuerpos embriagados de alcohol, pero carentes de pasión. Dejo el tal vez sumergido entre mis miedos y dirijo el vaivén de mis caderas hacia ti. Mi mirada obsesionada con tus bíceps y mi lengua recorriendo mis labios, preparándolos para el ataque previsto. Mi cuerpo se paraliza a unos escasos metros, pero sueltas tu copa para venir hacia mí. No hay palabras. Solo tu mano sobre mi mejilla, tus labios acariciando los míos pausadamente. Voy arrimando mi cuerpo al tuyo. Siento tu calor creciendo dentro de ti. Mis manos apoyadas en tu torso, tímidas de recorrerte. Me susurras al oído lo que deseas hacerme y un relámpago de calor recorre mi cuerpo, deseoso de cumplir deseos. La conversación vendrá después. Nos hemos perdidos por las calles y en un arrebato, allí, mi falda se mueve con cada embestida de tus caderas. Silencias mis gemidos con tu boca. Tu mano sujeta mis muñecas y siento tu pene dentro de mí, profundamente, hasta que el orgasmo se nos escapa entre las piernas.
Querido diario, Hoy venía desarreglado, como si no hubiera tenido tiempo a arreglarse. Tal vez, se haya desnudado para otra. Aunque eso ya no me importa. Hace tiempo que sus aventuras dejaron de importarme, y sin embargo, no consigo escapar de aquí. Parece que este maldito anillo bloquea mis fuerzas, mi voluntad. Hace tiempo que dejé de existir. Ya no existe la Aurora de antes o, por lo menos, hace tiempo que dejé de reconocerme frente al espejo. También dejé de buscar mi reflejo porque odiaba lo que en él veía. Al principio, te culpabilizas por la situación. Te convences a ti misma que aquello es pasajero, que ha sido un hecho aislado, producto del stress, de la tensión o de cualquier otra cosa nimia que en aquel momento te parece lo más grande del mundo. Pero se repite una y otra vez. En cualquier momento. En cualquier situación. Cualquier día. Intentas prepararte, como si fuera necesario un ejercicio de meditación para calmar su ira, aunque el ejercicio lo hacía yo. Mi i...
Huy pensé que estaba leyendo a Silvia Day
ResponderEliminarExcelente relato
ResponderEliminar