Hay despedidas que no lo parecen ni que lo pretenden. Hay palabras que
perforan más hondo que un simple "adiós". Ponerse la realidad delante
de los ojos, para después pisarla y mezclarse con ella y con aquellos que
forman parte de la misma: gente real que tardan quince minutos en mirarte a los
ojos por timidez, o aquellos que recorren kilómetros por un simple café y una
conversación, gente que se podría tocar, acariciar..... Al fin y al cabo, gente
real. Pero yo no soy más que la mera protagonista de un mal dibujante venido a
menos con ansias de conquistar un mundo inexistente. El diseño de una
treintañera pálida de ojos tristes en busca de una felicidad que huye con el
viento, que se empeña en decir una cosa cuando está sintiendo otra y que se ha
dado cuenta, aunque sea un poco tarde, que los sueños son para otros.
Querido diario, Hoy venía desarreglado, como si no hubiera tenido tiempo a arreglarse. Tal vez, se haya desnudado para otra. Aunque eso ya no me importa. Hace tiempo que sus aventuras dejaron de importarme, y sin embargo, no consigo escapar de aquí. Parece que este maldito anillo bloquea mis fuerzas, mi voluntad. Hace tiempo que dejé de existir. Ya no existe la Aurora de antes o, por lo menos, hace tiempo que dejé de reconocerme frente al espejo. También dejé de buscar mi reflejo porque odiaba lo que en él veía. Al principio, te culpabilizas por la situación. Te convences a ti misma que aquello es pasajero, que ha sido un hecho aislado, producto del stress, de la tensión o de cualquier otra cosa nimia que en aquel momento te parece lo más grande del mundo. Pero se repite una y otra vez. En cualquier momento. En cualquier situación. Cualquier día. Intentas prepararte, como si fuera necesario un ejercicio de meditación para calmar su ira, aunque el ejercicio lo hacía yo. Mi i...
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Confesó