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Rabieta

Según avanzaba la mañana, la sensación de pérdida se abalanzaba sobre mí. Parecía que mi mente se había separado de mi cuerpo y había sido trasladada inconscientemente a aquel viejo patio de colegio: canastas, porterías, chavales regateando con la pelota. De repente, una pequeña niña de ojos morenos y gafas blanca de pasta (propias del momento; ahora salgo corriendo cada vez que me enseñan una) lloriqueaba porque el bruto de turno le había quitado su Barbie favorita (ésa a la que le ponía el mejor mini-vestido vaquero con taconazos). Así es. He acabado la mañana como si volviera a ser aquella niña pequeña a quien le quitan su juguete favorito en la hora del recreo. Lo reconozco, parezco una cría chica con una rabieta. Necesitaba sacarlo hacía fuera. Las malas energías es mejor no quedárselas para afrontar el mañana con aire renovado. ¡Qué estrés!

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