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Rabieta

Según avanzaba la mañana, la sensación de pérdida se abalanzaba sobre mí. Parecía que mi mente se había separado de mi cuerpo y había sido trasladada inconscientemente a aquel viejo patio de colegio: canastas, porterías, chavales regateando con la pelota. De repente, una pequeña niña de ojos morenos y gafas blanca de pasta (propias del momento; ahora salgo corriendo cada vez que me enseñan una) lloriqueaba porque el bruto de turno le había quitado su Barbie favorita (ésa a la que le ponía el mejor mini-vestido vaquero con taconazos). Así es. He acabado la mañana como si volviera a ser aquella niña pequeña a quien le quitan su juguete favorito en la hora del recreo. Lo reconozco, parezco una cría chica con una rabieta. Necesitaba sacarlo hacía fuera. Las malas energías es mejor no quedárselas para afrontar el mañana con aire renovado. ¡Qué estrés!

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EL HIJO Desde el quicio de la puerta observaba como yacía en su ancho sofá, ligeramente inclinado hacia atrás, mientras hojeaba el periódico del día. Yo no entendía cómo aún malgastaba esa porción de dinero cuando podías tener acceso a toda esa información a través de una pantalla. Pero allí estaba él, leyendo detenidamente, las particularidades escabrosas del mundo. Desde hacía días me movía entre la desconfianza y la absurdez. Y aunque ganaba siempre esta última, el ronroneo de que algo no marchaba bien iba y venía a mi cabeza. Marchó el viernes pasado con su ligera maleta y el pasaporte en la mano alegando que había surgido un imprevisto, de difícil reparación, recalcó, en una de las fábricas que su compañía tenía repartidas por el mundo, y requerían su presencia. Y allí nos quedamos mi madre y yo, sentados en la mesa de comedor, frente a una cena que siempre era hecha con esmero y cariño. No recuerdo que ella pronunciara palabra. Limpió sus labios con una servilleta de lino y emitió…

Carta de despedida a un desconocido

Buscando palabras que no consigo encontrar para ti, cuando tantas veces te he inundado con ellas. Pensamientos caóticos, sentimientos incoherentes, deseos irrefrenables. Y ahora lo único que consigo encontrar son lágrimas derramadas borrando estas letras. Un adiós de almohada es lo que hemos tenido, cuando ni siquiera llegamos a tener un hola de mirada traviesa. Un adiós de las siete de la mañana silencioso, oculto, misterioso, como fue y será siempre tu presencia, como te gustó que fuera. Hubo tantas despedidas, pero duele saber que ésta es la definitiva, que ya no habrá miradas atrás, ni conversaciones nocturnas.
Dos vidas tan opuestas que el capricho de la vida quiso unir para volver a desunir sin oportunidad ni opción. Un esperar nada y la nada es lo que hemos obtenido.
Recuérdalo siempre: "soy lo que quieres que sea al igual que tú eres lo que yo imaginaré que eres".
Lo que dueles, joder.
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El ladrón de sueños