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Cambios y aceptación

Sonaba el despertador. Su primer pensamiento era la báscula, si subía, si bajaba o si se mantenía. Pasó de niña a mujer. No reconocía su cuerpo frente al espejo. Donde antes había firmeza y delgadez, ahora acampaba celulitis y dimensiones desconocidas para ella. Donde antes había vacío, ya sólo se veían pechos firmes. Todo fue sin avisar. Ahora debía controlar aquellas necesidades que antes sólo eran comentarios vanos. Debía esquivar miradas lascivas de sus compañeros, de sus vecinos, de los transeúntes. Antes que ella pasaba desapercibida, ignorada por el mundo, vivía en su caparazón. Ahora, es una mujer sugerente, llamativa para el mundo. Cada noche analizaba su cuerpo y maldecía cada grasa acumulada en los rincones de su cuerpo. Pasó de niña a mujer. Ahora sólo le quedaba esperar, esperar hasta disfrutar de su cuerpo; conseguir mantener su imagen durante minutos frente al espejo.

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EL HIJO Desde el quicio de la puerta observaba como yacía en su ancho sofá, ligeramente inclinado hacia atrás, mientras hojeaba el periódico del día. Yo no entendía cómo aún malgastaba esa porción de dinero cuando podías tener acceso a toda esa información a través de una pantalla. Pero allí estaba él, leyendo detenidamente, las particularidades escabrosas del mundo. Desde hacía días me movía entre la desconfianza y la absurdez. Y aunque ganaba siempre esta última, el ronroneo de que algo no marchaba bien iba y venía a mi cabeza. Marchó el viernes pasado con su ligera maleta y el pasaporte en la mano alegando que había surgido un imprevisto, de difícil reparación, recalcó, en una de las fábricas que su compañía tenía repartidas por el mundo, y requerían su presencia. Y allí nos quedamos mi madre y yo, sentados en la mesa de comedor, frente a una cena que siempre era hecha con esmero y cariño. No recuerdo que ella pronunciara palabra. Limpió sus labios con una servilleta de lino y emitió…

Somos efímeros. Haz que seamos eternos.

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