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Fragilidad

El ritmo es demasiado rápido. Nos falta tiempo para parar, observar nuestro entorno y, tal vez, sólo tal vez, ser capaces de hacer autoanálisis. ¿Os habéis parado a pensar, habéis echado el freno de mano, y os habéis preguntando si habéis meditado cada paso importante de vuestro camino, o sólo le habéis dado la mano? He llegado a esta meditación cuando he sentido la fragilidad de la vida, de nuestro cuerpo, meras marionetas de un teatro del absurdo.
La fragilidad es algo inherente a nosotros: fáciles de romper, de fracturar, de dañar. Subidas y bajadas en la noria de la vida. Todos debemos empezar subiéndonos, aunque algunos seamos incapaces de plasmar nuestra huella por miedo al tambaleo en las alturas. Tal vez sea el momento de intentar marcar el camino y no de ver cómo el camino es trazado por nuestro alrededor y por nuestras circunstancias.
No podemos permitir que la fragilidad nos marque nuestro camino. Sin embargo, en ocasiones, todo se hunde y es difícil ver el claro al final de la senda. Noto cada pálpito en mi cabeza, cada presión en mi cuello, cada intento por alzarme victoriosa, pero la fragilidad se apodera de mí. Soy frágil, pero también tengo el poder de luchar, de convertir mi fragilidad en el bastón que me ayude a levantarme. Serán pequeñas pautas que alumbrarán mi recorrido. El trayecto es lento y arduo. Mi fragilidad será mi poder.

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