Ir al contenido principal

Retazos de mí


Una pequeña caja de cartón, con troncos dibujados, en un tono avainillado, permanecía impasible en el escritorio de madera que había en la habitación del fondo del pasillo. Marieta tiene alrededor de sesenta años aunque si te detienes en las arrugas de su cara, es probable que le echaras alguno más sin mala intención. La vida nunca ha sido fácil para ella. Su primer trabajo con once años cuidando niños cuando ni ella misma había dejado de serlo. Pero eso es otra época, otros tiempos. Cuando yo pasaba hambre, escuchas decir a sus nietos. Sin embargo, Marieta sigue acumulando arrugas. Esta última más profunda y triste que cualquier otra. Dos segundos de llamada y su vida terminó, la suya y la de su hija. Dos segundos deseando que aquel nombre fuera otro, una equivocación. Ahora, dos semanas más tarde, se encuentra entre sus manos una pequeña caja de cartón con retazos de una vida que nunca le perteneció, la de su niña, con historias que no son de ella. Una bandera de un restaurante de comida rápida y una pequeña fotografía con su único amor, cenando en las escaleras de una casa sin muebles porque había un momento en que no importaba dónde sino las risas, las miradas, las caricias, hacer el amor a la luz de la farola que entra por la ventana. Viejas cartas intercambiadas cuando aún el escribir tenía valor y el comunicarse era necesario para seguir creciendo. Una vieja fotografía en blanco y negro, donde a Marieta le cuesta reconocerse porque a veces duda que alguna vez hubiera sido joven y hubiera creído que todo podía ser diferente. Trozos de una vieja revista ya amarillenta con su primera fotografía publicada. Deseaba tanto atrapar el presente. Le tenía tanto miedo al futuro. Fotografías de viajes donde se la veía tan feliz y sin embargo sus ojos parecían tan tristes.

¿Por qué huiste sin pedir permiso?, se pregunta una madre mientras sus lágrimas se pierden en una caja de cartón. 

Comentarios

Publicar un comentario

Confesó

Entradas populares de este blog

Sin definir

Me hubiera gustado dejar algún texto, pero el día no ha sido muy bueno. La verdad es que hay días que sería mejor no levantarse. Os dejo por unos días. Voy a perderme entre playas y bosques, ruinas de otros tiempos, pasadizos a otros mundos, atardeceres con ojos a medio abrir y, tal vez, locuras de corazón. Espero volver con aires renovados, inspiración a borbotones y medias sonrisas sin descubrir. Besos a tod@s. Entrad en septiembre con recuerdos veraniegos y esperanza de próximas escapadas.

Fluir

Mis nalgas rozan tu cuerpo mientras te dirijo una mirada de disculpa. Tu mano permanece sujeta a una copa de vino y en tu mirada vislumbro la rabia por sentirme y no tenerme. Mis tacones se van alejando de ti y con cada peldaño que desciendo mi minifalda es agitada como si el viento deseara revelar mis secretos. Nos separan algunos metros, pero siento el calor de tu mirada en mi entrepierna. Veo tus susurros en la oreja de otra, tus labios acariciando su piel, tu sonrisa traviesa, pero tu mirada fija en mí, en mis ojos; divisando cómo muerdo mis labios, cómo muevo mis caderas al compás de la música. Tal vez tu mano empiece a descender y tal vez veas pasar mi trasero cerca del tuyo; tal vez te susurre desde la distancia “mis labios hubieran deseado a los tuyos”; tal vez hubieras agarrado mi mano, hubieras girado mi cuerpo y me hubieras robado un beso lento, sabroso, caliente, húmedo. Sin embargo, aquí seguimos, separados por cuerpos embriagados de alcohol, pero carentes de pasión. Dejo...

Querido diario

Querido diario, Hoy venía desarreglado, como si no hubiera tenido tiempo a arreglarse. Tal vez, se haya desnudado para otra. Aunque eso ya no me importa. Hace tiempo que sus aventuras dejaron de importarme, y sin embargo, no consigo escapar de aquí. Parece que este maldito anillo bloquea mis fuerzas, mi voluntad. Hace tiempo que dejé de existir. Ya no existe la Aurora de antes o, por lo menos, hace tiempo que dejé de reconocerme frente al espejo. También dejé de buscar mi reflejo porque odiaba lo que en él veía.  Al principio, te culpabilizas por la situación. Te convences a ti misma que aquello es pasajero, que ha sido un hecho aislado, producto del stress, de la tensión o de cualquier otra cosa nimia que en aquel momento te parece lo más grande del mundo. Pero se repite una y otra vez. En cualquier momento. En cualquier situación. Cualquier día. Intentas prepararte, como si fuera necesario un ejercicio de meditación para calmar su ira, aunque el ejercicio lo hacía yo. Mi i...