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Cama a dos


-¿Puedo dormir contigo?, preguntó él desde el quicio de la puerta con el pelo ligeramente alborotado y unas calzonas que parecían no pertenecerle. 
            El cuerpo de ella se sostribaba sobre la parte derecha de éste. Le miró durante unos segundos sin decir nada. Hizo retroceder a sus caderas hasta dejarlas casi rozando la pared, dejándole un hueco entre sus sábanas. Él se introdujo entre el calor del cuerpo de Ana y el tacto frío de su propia piel. Permanecía inmóvil, tumbado bocarriba, presa del silencio de la tensión corporal. 
-¿Los chicos no querían dormir?, preguntó ella con curiosidad, mientras humedecía los labios con la punta de su lengua.
-Santos se ha pasado de copas y ya sabes cómo es cuando está al límite, respondió él mientras giraba ligeramente su cara para mirarla directamente a los ojos. 
-¿Y desde cuándo tú renuncias a seguir la fiesta?, le inquirió ella pícaramente a la par que apartaba un mechón rebelde de su mejilla.
-Desde que hay compañía más interesante, le respondió Adrián mientras giraba su cuerpo para ponerse frente a ella.
            Centímetros los distanciaban pero ambos mantenían sus posiciones. 
-¿Dormimos?, preguntó Ana tímidamente.
-Dormimos, respondió Adrián inocentemente.
            Entonces ella giró su cuerpo hasta quedar frente a la pared. Sin embargo, retrocedió hasta sentir el roce de la piel de él. Emitía calor. Por su parte, Adrián tenía un brazo sostribado en la almohada y sus dedos se entrelazaban con los mechones oscuros de ella. Echó su otra mano hacia adelante, apoyándola en la cadera de ella. Allí, sólo permaneció unos segundos, pues Ana la buscó para unirla a su mano. Sentía como él la abrazaba sin intención ni alevosía. Sus cuerpos cada vez más unidos. Adrián respiraba el perfume de ella. Ana acariciaba inconscientemente el brazo de él. Sentía la forma de sus músculos bajo sus yemas. 
-¿Te gusta?, le preguntó él mientras dibujaba una sonrisa entre su barba de dos días. 
-Lo siento, dijo ella, ligeramente avergonzada, aunque sus dedos se mantuvieron allí donde ansiaban estar.
-No tienes porqué. Es agradable sentirte rozando mi piel, contestó Adrián.
-¿Agradable?, dijo ella extrañada, mientras le miraba con ojos inquisitivos. 
-Trataba de ser formal, pero si quieres te digo lo que realmente he sentido mientras me acariciabas, respondió él.
-Ya sabes que no me gustan demasiado las formalidades, por lo que estoy ansiosa por conocer tu pensamiento, dijo ella con una sonrisa pícara entre sus labios.
            Adrián se aproxima a ella hasta hacerle sentir el pene erecto entre sus muslos. Con su mano derecha comienza a acariciar la piel del muslo de Ana, subiendo lentamente, perfilando sus curvas, introduciendo su mano por debajo de la camiseta para dormir. Al terminar, le susurra al oído: "eso es lo que he sentido" y vuelve a mostrarle la erección de su pene "y eso, lo que aún sigo sintiendo", le confirmó él.
            Ana le dedica una media sonrisa al mirarle y humedece sus labios entre sí. Su mirada es profunda, seductora, casi tanto como la de él. 
            Ahora, están frente a frente. Sus pies luchando el uno contra el otro. La pierna de ella introducida entre las de él. Ana se quita la camiseta dejando al descubierto sus pechos desnudos. Él le muestra su torso, cincelado durante años y dorado por el sol de los últimos días. Sus dedos no se resisten el acariciarlo, sintiendo cada surco, cada músculo, y el conjunto de pecas que se esconden en su costado, como si de un archipiélago se tratase.
            Adrián posa la palma de su mano sobre su mejilla y la besa con lentitud, en un inicio. Pero, los besos se van volviendo más salvajes, más necesitados, más urgentes. Él, erecto. Ella, húmeda. Ana retira sus bragas. Su compañero de sábanas hace desaparecer los bóxers de su cuerpo, mostrando una erección deseosa de otro cuerpo.
            Ella desliza su mano hasta el pene, que acaricia con suavidad varias veces. Al llegar nuevamente al glande, lo acaricia con las yemas de sus dedos, para acabar con suaves y minúsculos pellizcos. Y, su mano sube y baja, alternando movimientos lentos, delicados, aunque fuertes, con otros cada vez más apresurados, bravíos. Adrián siente una mano fuerte sobre su polla que hace acrecentar su deseo. Sus besos recorren el cuello de ella, sintiendo unos labios gruesos. En un sólo movimiento, coloca a Ana debajo de él, quedando sobre sus caderas. Mientras una mano sujeta las muñecas de ella, por encima de su cabeza; con la otra acaricia sus pechos, pellizcando sus pezones, que acabarán dentro de su boca, mordidos suavemente por sus dientes. Pequeños gritos emite la garganta de Ana cuando el pezón es apresado por la boca de él. Y, Adrián, sigue recorriendo las curvas de su compañera de sueños hasta desembocar en el clítoris; pero justo antes de dedicarle un lametón, sus ojos se detienen junto a los de ella para sonreírles juguetonamente. Su lengua certifica la humedad provocada por él. Primero lo lame de arriba a abajo. Después, en círculos. Los gemidos se escapan de una boca que no pone barreras. El cuerpo de Ana se estremece. Se agita. Él eleva la intensidad. Cuando siente que los suspiros de ella son más intensos, más continuados, más descontrolados, introduce dos dedos dentro del cuerpo de ella. Y sin parar, hace que Ana le suplique que pare al alcanzar el clímax. 
            Ella cierra los ojos para recuperar el aliento, a la par que enlaza sus piernas a la cintura de Adrián para indicarle que introduzca su pene dentro de ella. Sin embargo, él tiene otro plan. De nuevo, Ana está mirando a la pared y desde atrás él le embiste una y otra y otra vez. Las caderas de ella sujetadas por la mano de él. Los embistes cada vez más rápidos. La melena de ella entrelazada entre los dedos de Adrián y bruscamente llevada hacia atrás, mientras sus caderas chocan entre sí y su pene siente el roce de su calor interior. Ella le pide más. Más rápido. Más fuerte. Más salvaje. Primero, es ella. Después, llega él. 
-Es hora de dormir, le susurra él, mientras le deposita un dulce beso en la mejilla.

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