Sus ojos tristes renacieron de nuevo. Al principio solo era una pequeña
melancolía, pero según pasaban los días la tristeza se extendía por sus gestos.
El peso de su historia la llevaba en una pequeña mochila que acostumbraba a
pasear de aquí para allá. Porque sentía que la tristeza no era un estado del
ser, sino que era ella misma. Dejó de sonreír con los ojos, para pasar a
hacerlo en una pequeña mueca de sus suaves labios. Qué importancia tenía si en
ello nadie reparaba. Prefería esconderse detrás de objetos inanimados para
salvaguardar su coraza de latón, ya oxidada por las lágrimas que sobre ella ha
derramado. Escondite. Huída. Miedo. Simples palabras, sólo palabras.
Substantivos de sentimientos que no llega a comprender pero que hacen el camino
de ida y vuelta de su cabeza a su corazón. Intento de racionalizar lo que no es,
lo que sólo es puro sentimiento que no consigue comprender. Y Mika vive en mí
como estas letras penetran en ti.
Querido diario, Hoy venía desarreglado, como si no hubiera tenido tiempo a arreglarse. Tal vez, se haya desnudado para otra. Aunque eso ya no me importa. Hace tiempo que sus aventuras dejaron de importarme, y sin embargo, no consigo escapar de aquí. Parece que este maldito anillo bloquea mis fuerzas, mi voluntad. Hace tiempo que dejé de existir. Ya no existe la Aurora de antes o, por lo menos, hace tiempo que dejé de reconocerme frente al espejo. También dejé de buscar mi reflejo porque odiaba lo que en él veía. Al principio, te culpabilizas por la situación. Te convences a ti misma que aquello es pasajero, que ha sido un hecho aislado, producto del stress, de la tensión o de cualquier otra cosa nimia que en aquel momento te parece lo más grande del mundo. Pero se repite una y otra vez. En cualquier momento. En cualquier situación. Cualquier día. Intentas prepararte, como si fuera necesario un ejercicio de meditación para calmar su ira, aunque el ejercicio lo hacía yo. Mi i...
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Confesó