Siento cada latido en mi cabeza. Sien izquierda. Sien derecha. Tic Tic Tic. El reloj del corazón. La tensión bloquea mi cuerpo. Mis hombros se mantienen estrictos. Mis pensamientos sienten la bruma que impide su visibilidad. Deberíamos tener una goma del tiempo, para poder borrar aquel día que metimos la pata o hablamos demasiado o aquella semana en que las circunstancia se complicaron, en que TODO salía al revés. Así, yo podría borrar los dos días de esta semana que a cada paso empiezan a liarse como viejas bolas de lana, donde nunca se consigue encontrar la punta. Lo peor es que la semana tiene siete días, y sólo han pasado dos. Alguien comentaba (sorry, no recuerdo en que blog lo he leído esta semana) cuan diferente es la concepción del tiempo; los buenos momentos son rápidos como los pestañeos y los malos acaban siendo eternos como una conferencia a la que nunca quisiste ir, pero necesitabas esos créditos, por lo que te pasas aquellas eternas horas enmarañando el cuaderno o "confeccionando" la lista de la compra.
Querido diario, Hoy venía desarreglado, como si no hubiera tenido tiempo a arreglarse. Tal vez, se haya desnudado para otra. Aunque eso ya no me importa. Hace tiempo que sus aventuras dejaron de importarme, y sin embargo, no consigo escapar de aquí. Parece que este maldito anillo bloquea mis fuerzas, mi voluntad. Hace tiempo que dejé de existir. Ya no existe la Aurora de antes o, por lo menos, hace tiempo que dejé de reconocerme frente al espejo. También dejé de buscar mi reflejo porque odiaba lo que en él veía. Al principio, te culpabilizas por la situación. Te convences a ti misma que aquello es pasajero, que ha sido un hecho aislado, producto del stress, de la tensión o de cualquier otra cosa nimia que en aquel momento te parece lo más grande del mundo. Pero se repite una y otra vez. En cualquier momento. En cualquier situación. Cualquier día. Intentas prepararte, como si fuera necesario un ejercicio de meditación para calmar su ira, aunque el ejercicio lo hacía yo. Mi i...
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Confesó