Ir al contenido principal

Otro punto de vista

             ¿Qué estaríais dispuestos a hacer por vuestra pareja? Obviando la parte íntima de una relación (¡mal pensados!), ¿dónde está el límite de cambiar, de mejorar para satisfacer a tu pareja? Todos sabemos que no puedes estar con alguien por quien se convertirá si no por quien es. El normal que una persona cambie como resultado de la madurez de la propia personalidad, aunque la esencia se mantenga inalterable. Pero, ¿tenemos derecho a exigir, a pedir que lleve a cabo un cambio para mejorar según la pareja? ¿Modificaríais algo de vosotros mismos si os lo pidieran o no tenemos derecho a pedir? Espero que otra opinión me muestre la claridad.

Comentarios

  1. Yo me he dado cuenta de algunos defectos e intento cambiarlos pero... somos como somos.

    ResponderEliminar
  2. Pero hay que luchar por mantener a la otra persona a tu lado. El amor es algo que hay que mantener día a día.

    ResponderEliminar
  3. Según mi opinión las personas debemos aceptarnos tales y como somos y resignarnos a los defectos que otros ven en nosotros pero, sin embargo, debemos intentar mejorar día a día no solo por la pareja ni por nuestras expectativas sino por nosotros mismos. Por crecer.

    En cuanto a lo del tema de la pareja, queda bien decir que maduras, creces y evolucionas sentimentalmente junto a una persona.
    Estar enamorado no significar estar con la persona mas perfecta del mundo sino, por el contrario, saber encontrar las imperfecciones de tu pareja y superarlas juntos.

    ResponderEliminar
  4. Creo que cuando echas de menos a una persona, te acuerdas de las pequeñas cosas, de esas tonterías, manías, pero que le hacen único.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Confesó

Entradas populares de este blog

LAS CONSECUENCIAS

EL HIJO Desde el quicio de la puerta observaba como yacía en su ancho sofá, ligeramente inclinado hacia atrás, mientras hojeaba el periódico del día. Yo no entendía cómo aún malgastaba esa porción de dinero cuando podías tener acceso a toda esa información a través de una pantalla. Pero allí estaba él, leyendo detenidamente, las particularidades escabrosas del mundo. Desde hacía días me movía entre la desconfianza y la absurdez. Y aunque ganaba siempre esta última, el ronroneo de que algo no marchaba bien iba y venía a mi cabeza. Marchó el viernes pasado con su ligera maleta y el pasaporte en la mano alegando que había surgido un imprevisto, de difícil reparación, recalcó, en una de las fábricas que su compañía tenía repartidas por el mundo, y requerían su presencia. Y allí nos quedamos mi madre y yo, sentados en la mesa de comedor, frente a una cena que siempre era hecha con esmero y cariño. No recuerdo que ella pronunciara palabra. Limpió sus labios con una servilleta de lino y emitió…

Somos efímeros. Haz que seamos eternos.

Quiero que tus manos dibujen mis curvas, cuenten mis lunares, obvien mi celulitis, mis cicatrices. Quiero que lamas cada rincón para que después tus labios sepan a nosotros. Quiero que me erices la piel sin necesidad de hielo ni desnudar mi alma. Quiero que tu voz sobre mi oído sea solo mía. Que tu lengua sobre mi clavícula provoque mi primer orgasmo. Quiero que diluvie ahí fuera para templar los calores que evocamos el uno frente al otro. Quiero que me recorras con mimo y salvajismo. Quiero que remuevas mi cuerpo. Prometo sacudirte el tuyo hasta agotarte de ti mismo. Quiero que tu boca sepa a mis labios, que mi lengua absorba tus sudores. Quiero que nos deseemos. Dentro. Fuera. En nuestros cuerpos. Quiero que folles mi mente para desear que nos lo hagamos mutuamente. Quiero calmar mis ansias, mis calores, mi pasión desmedida. No valores esta primera vez. Las mejores veces vendrán después. Quiero que despiertes mi cuerpo de este letargo, que recuerdes a cada una de mis células que su …

No pacto

Alicia reservaba cada viernes para sí misma. Tras una larga semana de trabajo intenso, se sumergía en su bañera de patas doradas e iba sintiendo como los músculos de su cuerpo se descontraían lentamente. Un recorrido que comenzaba por los dedos de sus pies y desembocaba en los cabellos de su cráneo. El olor a rosas de las sales se fundía con los toques ligeramente amaderados de la botella de vino que descansaba en el bidé. Temperaturas contradictorias dentro de aquel particular espacio. La música entraba suavemente por sus oídos sin hacerle perder la concentración de las hojas que yacían entre sus manos. Cuarenta minutos después, su cuerpo descansaba en un mullido sofá y sus pupilas se perdían frente a la pantalla buscando una conversación nocturna de su interés. Conscientemente, le buscaba a él. Aquel que calentaba sus sueños desde hacía casi dos meses. Sin identidades. Una descripción ligera para que ambos no pudieran reconocerse en su pequeña ciudad. Unos ojos verdes allí. Una mele…