Ir al contenido principal

El café de los lunes

Cada lunes, después del trabajo, se dirigian a una pequeña cafetería afrancesada, conocida en el lugar por su grato trato y sus artesanales productos. No lo pensaban, solamente se dejaban llevar. Tal vez, ambas ansiaban ese instante de tranquilidad, de confidencialidad; ese pequeño espacio alejado de las preocupaciones mundanas, del trabajo, de las preocupaciones caseras. O, simplemente, pasó a ser una costumbre que ninguna de las dos era capaz de abandonar, como cuando abres una bolsa de gusanitos y no puedes parar hasta que el fondo asoma y sólo queda para saborear la sal caída. Pero cada tarde de cada lunes, pedían su café con un pequeño trocito de tarta de chocolate; demasiado pequeño para sentirse culpable, demasiado pequeño para quedar satisfecha. Como siempre las conversaciones versaban sobre temas indiferentes, con poca trascendencia personal, pero ambas sabían que en el segundo sorbo de aquel espumoso café, una de las dos rompería a soltar frases inconexas, cargadas de emoción, pero sobre todo, expulsadas del corazón con la misma rapidez que los críos soltaban el tirachinas para acabar cayendo una pelotita de papel en la nuca de algún compañero. Era una explosión de preocupación interior, sólo comprendida por aquella compañera, que se encontraba a su margen izquierdo. Allí estaban arropadas por el calor, por el cariño, por la amistad que habían labrado, casi sin percatarse.
Y cada lunes, al calor de una taza de café, con semblante de tranquilidad, se sientan alrededor de una pequeña mesa aguardando los secretos de otro corazón.

Comentarios

Publicar un comentario

Confesó

Entradas populares de este blog

Somos efímeros. Haz que seamos eternos.

Quiero que tus manos dibujen mis curvas, cuenten mis lunares, obvien mi celulitis, mis cicatrices. Quiero que lamas cada rincón para que después tus labios sepan a nosotros. Quiero que me erices la piel sin necesidad de hielo ni desnudar mi alma. Quiero que tu voz sobre mi oído sea solo mía. Que tu lengua sobre mi clavícula provoque mi primer orgasmo. Quiero que diluvie ahí fuera para templar los calores que evocamos el uno frente al otro. Quiero que me recorras con mimo y salvajismo. Quiero que remuevas mi cuerpo. Prometo sacudirte el tuyo hasta agotarte de ti mismo. Quiero que tu boca sepa a mis labios, que mi lengua absorba tus sudores. Quiero que nos deseemos. Dentro. Fuera. En nuestros cuerpos. Quiero que folles mi mente para desear que nos lo hagamos mutuamente. Quiero calmar mis ansias, mis calores, mi pasión desmedida. No valores esta primera vez. Las mejores veces vendrán después. Quiero que despiertes mi cuerpo de este letargo, que recuerdes a cada una de mis células que su …

¿Droga o pasión?

Te deseo. Aquí. Ahora. Tus falanges erizando mi piel. Mi largo cuello convertido en un mapa de tesoros orgásmicos para tus labios carnosos. Tú pisas el acelerador mientras yo me apodero del freno. Tus movimientos circulares bajan directos hacia mi clítoris, ansiando aquello que tanto deseaba, pero que nunca poseyó. Mis yemas prefieren memorizar cada recoveco, cada músculo, cada cicatriz de tu cuerpo. Solo hay una oportunidad para poseerte, para poseernos. Una opción para recordarte en la oscuridad de mis sábanas. Tu lengua ha subido mis revoluciones. Mi mente marca tu espalda, tus brazos, ligeramente tatuados. Desearía ser una parte más de ellos y acariciarte cada noche, perdurando a la mañana siguiente. Has cambiado tu embrague de manual a automático, pero, a veces, resulta más interesante ser de la vieja escuela. Las marchas de cambio agradecen los movimientos de mi mano, adelante y atrás. Las caricias en cada semáforo para absorber tu calor. Las revoluciones en cada salida. Las pa…

No pacto

Alicia reservaba cada viernes para sí misma. Tras una larga semana de trabajo intenso, se sumergía en su bañera de patas doradas e iba sintiendo como los músculos de su cuerpo se descontraían lentamente. Un recorrido que comenzaba por los dedos de sus pies y desembocaba en los cabellos de su cráneo. El olor a rosas de las sales se fundía con los toques ligeramente amaderados de la botella de vino que descansaba en el bidé. Temperaturas contradictorias dentro de aquel particular espacio. La música entraba suavemente por sus oídos sin hacerle perder la concentración de las hojas que yacían entre sus manos. Cuarenta minutos después, su cuerpo descansaba en un mullido sofá y sus pupilas se perdían frente a la pantalla buscando una conversación nocturna de su interés. Conscientemente, le buscaba a él. Aquel que calentaba sus sueños desde hacía casi dos meses. Sin identidades. Una descripción ligera para que ambos no pudieran reconocerse en su pequeña ciudad. Unos ojos verdes allí. Una mele…