Ir al contenido principal

El café de los lunes

Cada lunes, después del trabajo, se dirigian a una pequeña cafetería afrancesada, conocida en el lugar por su grato trato y sus artesanales productos. No lo pensaban, solamente se dejaban llevar. Tal vez, ambas ansiaban ese instante de tranquilidad, de confidencialidad; ese pequeño espacio alejado de las preocupaciones mundanas, del trabajo, de las preocupaciones caseras. O, simplemente, pasó a ser una costumbre que ninguna de las dos era capaz de abandonar, como cuando abres una bolsa de gusanitos y no puedes parar hasta que el fondo asoma y sólo queda para saborear la sal caída. Pero cada tarde de cada lunes, pedían su café con un pequeño trocito de tarta de chocolate; demasiado pequeño para sentirse culpable, demasiado pequeño para quedar satisfecha. Como siempre las conversaciones versaban sobre temas indiferentes, con poca trascendencia personal, pero ambas sabían que en el segundo sorbo de aquel espumoso café, una de las dos rompería a soltar frases inconexas, cargadas de emoción, pero sobre todo, expulsadas del corazón con la misma rapidez que los críos soltaban el tirachinas para acabar cayendo una pelotita de papel en la nuca de algún compañero. Era una explosión de preocupación interior, sólo comprendida por aquella compañera, que se encontraba a su margen izquierdo. Allí estaban arropadas por el calor, por el cariño, por la amistad que habían labrado, casi sin percatarse.
Y cada lunes, al calor de una taza de café, con semblante de tranquilidad, se sientan alrededor de una pequeña mesa aguardando los secretos de otro corazón.

Comentarios

Publicar un comentario

Confesó

Entradas populares de este blog

LAS CONSECUENCIAS

EL HIJO Desde el quicio de la puerta observaba como yacía en su ancho sofá, ligeramente inclinado hacia atrás, mientras hojeaba el periódico del día. Yo no entendía cómo aún malgastaba esa porción de dinero cuando podías tener acceso a toda esa información a través de una pantalla. Pero allí estaba él, leyendo detenidamente, las particularidades escabrosas del mundo. Desde hacía días me movía entre la desconfianza y la absurdez. Y aunque ganaba siempre esta última, el ronroneo de que algo no marchaba bien iba y venía a mi cabeza. Marchó el viernes pasado con su ligera maleta y el pasaporte en la mano alegando que había surgido un imprevisto, de difícil reparación, recalcó, en una de las fábricas que su compañía tenía repartidas por el mundo, y requerían su presencia. Y allí nos quedamos mi madre y yo, sentados en la mesa de comedor, frente a una cena que siempre era hecha con esmero y cariño. No recuerdo que ella pronunciara palabra. Limpió sus labios con una servilleta de lino y emitió…

Carta de despedida a un desconocido

Buscando palabras que no consigo encontrar para ti, cuando tantas veces te he inundado con ellas. Pensamientos caóticos, sentimientos incoherentes, deseos irrefrenables. Y ahora lo único que consigo encontrar son lágrimas derramadas borrando estas letras. Un adiós de almohada es lo que hemos tenido, cuando ni siquiera llegamos a tener un hola de mirada traviesa. Un adiós de las siete de la mañana silencioso, oculto, misterioso, como fue y será siempre tu presencia, como te gustó que fuera. Hubo tantas despedidas, pero duele saber que ésta es la definitiva, que ya no habrá miradas atrás, ni conversaciones nocturnas.
Dos vidas tan opuestas que el capricho de la vida quiso unir para volver a desunir sin oportunidad ni opción. Un esperar nada y la nada es lo que hemos obtenido.
Recuérdalo siempre: "soy lo que quieres que sea al igual que tú eres lo que yo imaginaré que eres".
Lo que dueles, joder.
-----------------
El ladrón de sueños

No pacto

Alicia reservaba cada viernes para sí misma. Tras una larga semana de trabajo intenso, se sumergía en su bañera de patas doradas e iba sintiendo como los músculos de su cuerpo se descontraían lentamente. Un recorrido que comenzaba por los dedos de sus pies y desembocaba en los cabellos de su cráneo. El olor a rosas de las sales se fundía con los toques ligeramente amaderados de la botella de vino que descansaba en el bidé. Temperaturas contradictorias dentro de aquel particular espacio. La música entraba suavemente por sus oídos sin hacerle perder la concentración de las hojas que yacían entre sus manos. Cuarenta minutos después, su cuerpo descansaba en un mullido sofá y sus pupilas se perdían frente a la pantalla buscando una conversación nocturna de su interés. Conscientemente, le buscaba a él. Aquel que calentaba sus sueños desde hacía casi dos meses. Sin identidades. Una descripción ligera para que ambos no pudieran reconocerse en su pequeña ciudad. Unos ojos verdes allí. Una mele…