Quisiera poder plasmar aquello que me persigue, que lucha por salir de mis dedos, pero la mente bloquea los buenos pensamientos, aquellos que poseen fuerza, que trasmiten ideas. El miedo escénico, a éste otro lado de la pantalla, hace bombear a mi corazón, mis venas se convierten en charquitos de un día de lluvia primaveral y yo, yo no me atrevo a saltar sobre ellos por miedo a que la tez blanca de estos menudos pies se manche de alegría, de satisfacción. Todos tenemos nuestra parcelita del miedo, aquella donde vamos guardando las malas experiencias, los malos recuerdos, nuestras inseguridades personales creando un globo cada vez más inflado, pero que nunca llega a explotar. Los miedos son consecuencia de las inseguridades personales. O tal vez los consideréis una resistencia a la felicidad, a que aquello que deseamos pero que no nos atrevemos a mostrar, a que se haga realidad. Y, aquí estoy intentando con la aguja en la mano, pero sin acercarme al globo, por miedo a explotar.
Querido diario, Hoy venía desarreglado, como si no hubiera tenido tiempo a arreglarse. Tal vez, se haya desnudado para otra. Aunque eso ya no me importa. Hace tiempo que sus aventuras dejaron de importarme, y sin embargo, no consigo escapar de aquí. Parece que este maldito anillo bloquea mis fuerzas, mi voluntad. Hace tiempo que dejé de existir. Ya no existe la Aurora de antes o, por lo menos, hace tiempo que dejé de reconocerme frente al espejo. También dejé de buscar mi reflejo porque odiaba lo que en él veía. Al principio, te culpabilizas por la situación. Te convences a ti misma que aquello es pasajero, que ha sido un hecho aislado, producto del stress, de la tensión o de cualquier otra cosa nimia que en aquel momento te parece lo más grande del mundo. Pero se repite una y otra vez. En cualquier momento. En cualquier situación. Cualquier día. Intentas prepararte, como si fuera necesario un ejercicio de meditación para calmar su ira, aunque el ejercicio lo hacía yo. Mi i...
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Confesó