lunes, 8 de septiembre de 2014

Inexistencia...

No escuchéis cuentos de finales felices
ni príncipes de armadura en plata.
No imaginéis rosas cada mañana
ni bailes en la madrugada.
No pidáis la cara bonita de la luna.
No os hipnoticéis con amplias sonrisas.
Sólo son historias de hombres para endulzar oídos inocentes,
mentiras escondidas entre ilusiones dibujadas al antojo de deseos mundanos y primarios.
Sólo existen historias con principios y finales.
Sólo bostezos y mal aliento matutino.
Miradas pérdidas en pensamientos de huída.
Únicamente quedan pedazos de corazones recosidos.
Ropa interior abandonada por viejos dueños de deseos.
Ahora, sólo tenemos la Antártida entre nuestros dedos
y la espada en nuestro corazón.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Encaprichamientos que no convienen



                Nunca le había tocado. No sabía cuáles eran los surcos de su piel. Ni cómo olía la lluvia en su cuerpo cuando penetraba por la ventana de madrugada. Siempre me mantuve en un segundo plano. A veces, se podría decir que hasta en un tercero. Le observaba desde la distancia. Aquella mirada traviesa que jugaba a ser un niño con acciones de adulto. La pizca de impulsividad que en su receta alguien se olvidó de echar. Mi mente lo desnudaba cada día. Mis manos recorrían su cuerpo con la exactitud de un cirujano, por el miedo a pasar por alto el más mínimo detalle que llevara al fracaso. Unos labios finos, los míos, chocaban contra sus labios carnosos con la finalidad de seguir avanzando en un mapa de inexactitudes que yo debía intuir debajo de la ropa que siempre le acompañaba. Su trasero firme, dorado por el sol en una tarde de recogidas frutales. Sus piernas robustas, entrelazadas con las mías. Cerraba los ojos y me perdía en su cuerpo. Lametones que me provocaban más de una mordedura de labios. Pellizcos que desencadenaban ligeros estremecimientos. Y solía perderme cuando imaginaba mi mano invadir por debajo de sus pantalones. Y de nuevo la madrugada llegaba. Encaprichada de aquella mirada juguetona, aunque nunca fuera dirigida a mí. De aquella marcada mandíbula que mis dedos imaginaban recorrer para acabar entre sus labios. Pero era tan fácil encapricharse de él…

PD: “-A veces uno se encapricha de quien no conviene – intenté decirle.
-Pero, a la hora de encapricharse, no se puede decir si alguien te conviene o no, Bill – me aseguró Richard-. No puedes obligarte a encapricharte o no encapricharte de alguien.” (Personas como yo de John Irving)