martes, 24 de febrero de 2015

Retazos de mí


Una pequeña caja de cartón, con troncos dibujados, en un tono avainillado, permanecía impasible en el escritorio de madera que había en la habitación del fondo del pasillo. Marieta tiene alrededor de sesenta años aunque si te detienes en las arrugas de su cara, es probable que le echaras alguno más sin mala intención. La vida nunca ha sido fácil para ella. Su primer trabajo con once años cuidando niños cuando ni ella misma había dejado de serlo. Pero eso es otra época, otros tiempos. Cuando yo pasaba hambre, escuchas decir a sus nietos. Sin embargo, Marieta sigue acumulando arrugas. Esta última más profunda y triste que cualquier otra. Dos segundos de llamada y su vida terminó, la suya y la de su hija. Dos segundos deseando que aquel nombre fuera otro, una equivocación. Ahora, dos semanas más tarde, se encuentra entre sus manos una pequeña caja de cartón con retazos de una vida que nunca le perteneció, la de su niña, con historias que no son de ella. Una bandera de un restaurante de comida rápida y una pequeña fotografía con su único amor, cenando en las escaleras de una casa sin muebles porque había un momento en que no importaba dónde sino las risas, las miradas, las caricias, hacer el amor a la luz de la farola que entra por la ventana. Viejas cartas intercambiadas cuando aún el escribir tenía valor y el comunicarse era necesario para seguir creciendo. Una vieja fotografía en blanco y negro, donde a Marieta le cuesta reconocerse porque a veces duda que alguna vez hubiera sido joven y hubiera creído que todo podía ser diferente. Trozos de una vieja revista ya amarillenta con su primera fotografía publicada. Deseaba tanto atrapar el presente. Le tenía tanto miedo al futuro. Fotografías de viajes donde se la veía tan feliz y sin embargo sus ojos parecían tan tristes.

¿Por qué huiste sin pedir permiso?, se pregunta una madre mientras sus lágrimas se pierden en una caja de cartón.