sábado, 25 de mayo de 2013

El destino que nos prohibimos


-¿Por qué aquí?, le preguntó él, mientras observaba la espalda de ella, con los hombros subidos ligeramente, probablemente como consecuencia de aquel momento. Alternaba entre la emoción y la tensión. La caída del sol acentuaba las curvas de sus caderas, cubiertas por unos jeans. La ligera brisa, fomentada por el río que discurría a sus pies, agitaba un cabello oscuro como el ébano, y ondulado como las olas de un mar que no asomaba en el horizonte.
-Siempre deseé venir a este lugar, respondió ella, sin retirar la vista del caliente atardecer que les arropaba. Lentamente, para calmar los nervios de saber que él se encontraba a su espalda, de sentir su respirar agitado, retira sus bailarinas a un lado y procede a sentarse sobre las viejas maderas que forman aquel embarcadero. El frescor del agua que fluye lentamente acaricia su pálida piel aún no bañada por el sol. Unos segundos después, dos pares de pies se encuentran luchando por un espacio que no les pertenece y gotas de mar dulce inundan su segunda piel. Los nervios empiezan a dar una tregua y las palabras son emitidas como los acordes de una vieja canción, sonora, dulce, fácil, simple...
            Su cuerpo es tendido sobre las lamas de madera, mientras él acaricia su mejilla y besa sus labios con lentitud, saboreando su dulzura, sintiendo la suavidad de su boca. Entrelaza sus dedos con las ondas del cabello de ella para retirarlos de los pechos que esconde con pulcritud. Desnuda uno a uno los botones de sus ojales sin apartar la mirada de esos labios que se muerden intencionadamente, de esos ojos que confiesan el deseo que tantas noches han plagado sus sueños. Leves mordiscos en la oreja que anuncian un deseo salvaje, casi agresivo. Lametazos que recorren su cuello hasta perderse en una clavícula pronunciada que recibe un prolongado beso, extenso, extasiado, excitante, casi orgásmico. Gemidos que una garganta no se atreve a silenciar. Sonrisa masculina seductora. Pequeños besos descendiendo por la columna vertebral; una lengua húmeda que marca el recorrido entre el ombligo y los pezones, un triángulo puntiagudo, donde hay cabida para los pellizcos, los mordiscos, los lametazos...
-Suavemente, susurran los labios de ella, mientras sus manos acarician el pelo de su compañero.
            Y él, muerde delicadamente, con su boca abierta, el pezón de ella, a la par que sus miradas se revelan el deseo que no se permiten en su realidad, en la de cada uno.
            Ella se yergue y deja a la vista el torso de él, que acaricia, con sorpresa, con temor. Las yemas de sus dedos recorren las líneas de los músculos de su compañero hasta tropezarse con la abotonadura de su pantalón. Ambos quedan semidesnudos, azotados por la brisa, ya casi nocturna. La fría y blanca piel de ella contrasta con la caliente y aceitunada piel de él. 
            De nuevo, ella depositada sobre la madera. De nuevo, él ofreciéndole placer. Sus culotes descienden por sus piernas mientras las manos de él las van acariciando hasta perderse en los tobillos. Los besa. Su lengua mojada va marcando las curvas de ella, evitando los lunares, las cicatrices. Y se pierde entre sus muslos. Siente la suavidad, el calor, la humedad que él le provoca. Su lengua la acaricia. Está en plena expedición: movimientos circulares que tal vez no provoquen la sensación buscada; desplazamiento vertical que aviva unos gemidos más extensos; vibración emergente acompañada de invasión manual que suplica un "no parar, por favor"; alternación que provoca un placer exquisito, ansiado, necesario. Gemidos que se funden con los sonidos de la naturaleza salvaje y nocturna, que se reinician cuando el pene le invade hasta el fondo. El roce con las paredes de su interior, el calor de ambos fundidos en un sólo espacio. Cada embiste provoca en el cuerpo de ella una descarga de placer. La rapidez de los movimientos aumenta. La respiración entrecortada y agitada. Los ojos cerrados de él cuando el éxtasis empieza a llegar. Las uñas de ella clavadas en los bíceps de él, su aviso de que está próximo a culminar. La confirmación de ella de que está preparada. 
Dos cuerpos desnudos, el de él, depositado sobre el suelo, mientras una pierna remueve el agua; el de ella, ligeramente apoyado sobre él, con las piernas entrelazadas. 
            Y su mano, retira un mechón rebelde de la cara de ella, para poder observar esos ojos tristes y, entonces, ella le dice: "Éste es tu sueño, ¿no te hubiera gustado descubrir qué pasaba en el mío?" Y las imágenes se desintegran tan rápido como el humo de una fogata en la noche de San Juan. 

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Por esos chicos que ya practiquen el amor o el sexo, saben hacerlo realmente bien. Porque esto es una cosa de dos y para dos. 








lunes, 20 de mayo de 2013

Manual de instrucciones


            Se recomienda que en las primeras ocasiones sólo se deba hacer uso en caso de aburrimiento o en solitario. No nos hacemos responsables de las posibles consecuencias que pueda llegar a ocasionarle a usted o a sus convecinos. Si lo cree necesario, disponga música de fondo o, dado el caso, películas porno o webs amateurs, a su elección.
  1. Utilice mejor prendas holgadas que faciliten el acceso y si olvida el uso de la ropa interior se sentirá más desinhibido o desinhibida. 
  2. Le aconsejo que se ubique en el salón, en el sofá que le resulte más cómodo. La cama es demasiado corriente. 
  3. Aligere su mente de cualquier barrera emocional o social y simplemente sea capaz de trasladarse al placer, al suyo propio. 
  4. Cierre los ojos y comience a desabrochar los botones de su camisa con una sola mano.
  5. Su lengua se encarga de humedecer sus labios a la par que les ofrece pequeños mordiscos.
  6. Retire su camisa, dejando su cuerpo completamente desnudo. 
  7. Si es de su gusto, puede dejar corridas las cortinas, ofreciendo ese toque de atrevimiento y emoción de poder ser vistos, provocando el correspondiente aumento del placer.
  8. Humedezca dos de sus dedos, que se encargarán de endurecer sus pezones.
  9. Acaricie lentamente su cuello con las yemas de sus dedos y continúe bajando por entre sus pechos y hacia su ombligo.
  10. Si hubiera optado por conservar su ropa, tal vez sea hora de retirarla. Si, por el contrario, es comedido en sus actos, puede introducir su mano lentamente por debajo de su vestuario. Dígame, ¿siente la erección de su cuerpo? o, en el caso contrario, ¿siente la humedad del suyo?
  11. Acarícielo lentamente, de arriba a abajo. Primero, utilice sólo la punta de los dedos. Después, haga partícipe al resto de la mano.
  12. Si lo desea, puede ofrecer pequeños pellizcos o fricciones en la punta.
  13. Se recomienda que alterne la intensidad.
  14. Recuerde que no importa la meta, sino disfrutar durante el trayecto.
  15. Disfrute de cada caricia, del tacto, de sus propios gemidos, de la humedad de su cuerpo.
  16. Usted, dirigiéndose a sí mismo hacia su propio placer.
  17. Su cuerpo le va pidiendo más pasión. Su mano se mueve más rápido. Los gemidos son más sonoros. Su mano se agarra con fuerza al cojín del sofá.
  18. La excitación está muy cerca de ser culminada. Y cuando sea incapaz de parar, grite con más deseo.
  19. Y, ahora, respóndase, ¿a quién ha imaginado desnudando o, dado el caso, quién le desnudaba a usted?
  20. Utilizar varias veces por semana y, por supuesto, disfrutar.
            Éste es nuestro particular manual de instrucciones que esperemos sea de utilidad y con fácil montaje.

miércoles, 15 de mayo de 2013

¿Dónde están aquellos besos?


¿Dónde están los besos que te debo?

            Aquellos besos que deseé en la oscuridad de la noche plasmar en tus labios, besos que descendían tu cuello, labios que recorrían tus pectorales. Besos que se han perdido entre fantasías nubladas. Suspiros nocturnos. Palabras diurnas. Excitación al atardecer. Besos que quieren ser pagados pero no cobrados. ¿Por qué temes estos besos?

¿Dónde están los besos que me debes?

            Aquellos besos que se perdieron entre palabras prohibidas. Besos que no se atreven a plasmar en piel. Besos calientes que permanecen en congelación, a la espera de que la locura y el atrevimiento dejen de ser sólo palabras. Besos que no vivan entre prohibiciones e ideas preconcebidas. Miradas al anochecer. Seducción incontrolable. Excusas por doquier. 

           Pero besos, sólo besos. Besos incontrolables, calientes, mojados, excitados, apresurados, seductores, sonrientes, tus besos, mis besos.

            Quiero un comodín en una jugada cerrada y unos besos que se perdieron en el olvido de conversaciones. 


¿Dónde están los besos que te debo? ¿Dónde están los besos que me debes? Cuéntamelo

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PD: "¿Dónde están los besos que te debo? (...) ¿Dónde están los besos que me debes?", frase tomada de la canción de Extremoduro, A fuego