martes, 8 de septiembre de 2015

Kamikaze a la deriva

     Echó las cartas sobre la mesa aún a pesar de intuir que en aquella jugada podía perder algo más que unos corazones. Desde el otro lado, una mirada desafiante le retaba entre medias sonrisas y el uso de palabras que provocaban en ella la estimulación de algo más que el intelecto.
   No esperaron para comprobar quien ganaba aquella partida; ella ya imaginaba que aquello estaba perdido incluso antes de haber comenzado. Las cartas desparramadas por el suelo. Los cuerpos apoyados sobre una vieja mesa camilla cuyos chirridos se entremezclaban con los gemidos de satisfacción de ella. Allí no hubo palabras dulces ni promesas incumplidas, sólo realidad absoluta que provocaba en la joven mayor enganche al chico al cual lleva ansiando hacía ya algún que otro sueño, aunque no por ello inocente.
  Sus cuerpos desnudos descansaban sólo lo necesario para que sus pieles no se cogieran apego y nuevamente la mano del otro se perdía entre las piernas correspondientes. Tal vez fueron una, dos, tres...es difícil precisar las horas de la nocturnidad. Sin embargo, como cualquier provocador, conoce tanto la puerta de entrada como la de escapada. Ella, con una sonrisa inventada y unas caricias que ahora ya le parecías prestadas, presenció la huida.

    La carta de corazones yacía rasgada debajo de una silla. Las lágrimas borraron la jugada. El silencio volvió a su vida y la obsesión controlada a su respirar. Él, en cada esquina. Él, en cada pitido. Él, en cada vibración. Sin embargo, él ya dejó de jugar. 

martes, 24 de febrero de 2015

Retazos de mí


Una pequeña caja de cartón, con troncos dibujados, en un tono avainillado, permanecía impasible en el escritorio de madera que había en la habitación del fondo del pasillo. Marieta tiene alrededor de sesenta años aunque si te detienes en las arrugas de su cara, es probable que le echaras alguno más sin mala intención. La vida nunca ha sido fácil para ella. Su primer trabajo con once años cuidando niños cuando ni ella misma había dejado de serlo. Pero eso es otra época, otros tiempos. Cuando yo pasaba hambre, escuchas decir a sus nietos. Sin embargo, Marieta sigue acumulando arrugas. Esta última más profunda y triste que cualquier otra. Dos segundos de llamada y su vida terminó, la suya y la de su hija. Dos segundos deseando que aquel nombre fuera otro, una equivocación. Ahora, dos semanas más tarde, se encuentra entre sus manos una pequeña caja de cartón con retazos de una vida que nunca le perteneció, la de su niña, con historias que no son de ella. Una bandera de un restaurante de comida rápida y una pequeña fotografía con su único amor, cenando en las escaleras de una casa sin muebles porque había un momento en que no importaba dónde sino las risas, las miradas, las caricias, hacer el amor a la luz de la farola que entra por la ventana. Viejas cartas intercambiadas cuando aún el escribir tenía valor y el comunicarse era necesario para seguir creciendo. Una vieja fotografía en blanco y negro, donde a Marieta le cuesta reconocerse porque a veces duda que alguna vez hubiera sido joven y hubiera creído que todo podía ser diferente. Trozos de una vieja revista ya amarillenta con su primera fotografía publicada. Deseaba tanto atrapar el presente. Le tenía tanto miedo al futuro. Fotografías de viajes donde se la veía tan feliz y sin embargo sus ojos parecían tan tristes.

¿Por qué huiste sin pedir permiso?, se pregunta una madre mientras sus lágrimas se pierden en una caja de cartón.