miércoles, 30 de enero de 2013

Amanecer interrumpido

Coserme con letras desconocidas.

Y las manecillas del reloj no sabían encontrar
las sílabas de tu nombre.

Llegó tu día para levantar tu máscara.
Quítatela si te atreves.
¿O es tan tuya como el aire que respiras?

Y te cojo y miro el reflejo 
de mis ojos hundidos
en la miseria de haberte perdido.

Déjame que tire 
nuevamente los dados.
Prometo que esta vez no fallo
en caer en el fracaso
de haberte olvidado.

Y esta luna menguante 
no me lleva consigo al olvido,
olvido de no haberte tocado, 
de no haberte sentido.

Latente como la sangre a borbotones
es tu recuerdo en mi deseo.

Y me hallo pero no me encuentro.
Mi reflejo se esconde.
Y otra vez me comen la jugada.
Olvidándote no consigo nada, 
pues mis venas palpitan
al oír tu nombre.

Y voy y vengo de este desencuentro.
Nocturnidad en el pensamiento.
Olvido de mis sentimientos.
Caprichos de un destino incierto.
Que te esconden para dejar de apostarte.

Y los vómitos de tu fugaz huida
eligieron sólo billete de ida.
Suma de palabras que ni rebelan tu nombre
ni borran tu huella
de este corazón "dolorío"

Y la jaula de la tristeza
de haberte "perdío"
ni se rompe ni se fractura
junto al olvido.

Te viertes de mi corazón 
cual espuma del mar baldío.

Ponle unas grapas, por favor, 
que no quiero tanto dolor.

Párenme ya estas letras
maltrechas de soledad
castigo de tu olvido.

lunes, 14 de enero de 2013

Un (no) cuento de (no) Navidad



Cogió una bolsa cualquiera y se arrodilló frente al árbol. Fue retirando una a una cada una de las bolas que hace algo más de un mes había colocado con cierta emoción en aquel árbol que provenía de otro tiempo, de otra casa, de otro hogar. Allí, frente aquellas ramas falsas de color blanco, como si la nieve lo hubiese inundado, en un lugar donde nunca había hecho acto de presencia, revivió la última Navidad, la de dos mil once. Recordó cómo la emoción invadía sus ojos; los nervios de los regalos siempre al límite de la última hora y la ilusión de los sueños que aún quedaban por cumplir. Sueños que se resquebrajaron un diez de enero cuando su chico llegó a casa con una carta en la mano y una mirada pérdida, ausente. La mirada de la ignorancia, de la perplejidad. Escuetas palabras para resumir los últimos cinco años de su trayectoria profesional: “Sentimos comunicarle que debido a los recortes que la empresa se ve obligada a llevar a cabo, prescindiremos de sus servicios a partir del próximo 31 de enero. Gracias por su dedicación y esmero y le deseamos que su situación laboral se estabilice a la mayor prontitud”. Mientras Isabel leía estas palabras en un murmullo, Felipe se servía un whisky con hielo frente a la ventana del comedor, observando las luces amarillentas, que desde su altura parecían pequeñas luciérnagas, y a los transeúntes, como meras motas de polvo, ajenos a los problemas, a los de él, pero con los suyos propios; quien sabe si más o menos importantes. “No te preocupes”, le dijo ella, aún a pesar que la preocupación invadió cada uno de los poros de su piel. Y mentalmente ya se encontraba haciendo números y aplicando recortes. “Además, tú nunca has estado más de tres meses sin trabajar”, le recordó ella. Pero los tres meses pasaron y a esos tres, se juntaron otros tres y tres más. Y además, hubo que añadir el recorte del 25% del salario de ella. Por tanto, cada vez más los cálculos no cuadraban con las facturas de la luz, el agua, el gas, el alquiler. Y hubo que tomar la decisión. Destruir lo que habían construido. Volver al origen. Seguramente la decisión más razonable, pero también la más triste. Y ellos hicieron sus maletas. Empaquetaron sus recuerdos. Y cada uno regresó a su dormitorio de juventud, a dormir bajo pósteres de adolescentes que ya no lo eran tanto y a dar explicaciones como si hubieran retrocedido diez años. Pero para Felipe el regreso fue aún más duro. Cada despertar en aquella vieja habitación le recordaba el fracaso. Las miradas de tristeza de sus padres que él evitaba con una bajada de párpados. Las preguntas de las vecinas del barrio, extrañadas de su presencia permanente, y las respuestas evasivas de su parte, alegando lo que más de cinco millones de personas, todas con nombres y apellidos y una historia que ya parece a nadie importar.

Y Felipe madruga un día tras otro para invadir las empresas con las copias de su CV actualizado, pero se acumula a los más de cien o incluso doscientos de aquellos otros que también cuentan su historia.

Frente a aquel árbol, Isabel se pregunta por qué durante treinta y un días al año debemos tener la obligación de ser felices, olvidando los otros trescientos treinta y cuatro días de tristeza, pesadumbre y fracasos. ¿Por qué sólo nos acordamos de alimentar a los que no tienen alimentos durante este mes?, se replantea ella a si misma. ¿Es que acaso sus estómagos no rugen un diez de abril?, lanza la pregunta al silencio y silencio es lo que obtiene. ¿La emoción por la sorpresa no es la misma un seis de enero que un veinte de mayo?, se lamenta Isabel.

Sin embargo, Isabel recoge los adornos de aquel viejo árbol que se llevó consigo la esperanza de otra vida, los sueños de dos jóvenes que se toparon con la realidad y que ahora sobreviven con la idea de que nada perdura. Y que ésta hoy es mi historia, pero lamentablemente mañana puede ser la tuya. 
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NOTA: Tenía que hacer un cuento de Navidad para mi taller de escritura y ésta es mi visión peculiar. No pretendía publicarlo, pero una vez finalizado he sentido la necesidad de hacerlo. Espero que a todos nos haga detenernos unos segundos, al menos.

¿serías capaz sólo de leerme?

Adrián encendió la pantalla del ordenador pero hasta que no hubo terminado de colocar sus apuntes sobre la mesa, no se dispuso a trabajar con él. Sin embargo, quedó sorprendido al comprobar que la pantalla de navegación estaba abierta y en la misma una pequeña ventana de conversación parpadeaba. Podría haber optado por cerrarla sin más, pero pocas veces se tenía la oportunidad de observar la vida de alguien tan directamente. Su mesa se encontraba al principio, de las que miran hacia la puerta. Y justo antes de abrirla comprobó que no hubiera alguien observando su osadía. Click. Y la pantalla se le mostró. Sólo había una frase, sólo una: ¿serías capaz sólo de leerme? Una pregunta sencilla, eso creyó él. Por eso, no dudó ni un instante en contestar, ¡por supuesto! La respuesta demoró un minuto, un breve espacio de tiempo, que a él se le antojó inmenso. Del otro lado, le quiso dar un aviso, "una vez que empiece, tendrás que reprimir tus ganas de querer expresarte, ¿lo has entendido bien?". A lo que él contestó sin darle la mayor importancia, pues pensó que no se trataría más que los delirios de amor de alguna joven: "Creo que podré hacerlo".
Y fue así como ella empezó su relato: tras refugiarme en muchas camas en estos últimos seis meses, llegué a la conclusión de que antes de seguir compartiendo mi cuerpo con hombres de diferente condición, debía empezar por mí misma, pues de nada sirve que ellos intentaran darme placer si ni yo misma sabía dónde éste se encontraba. Por ello, ahora me dedico a autocomplacerme a mí misma, buscando las diferentes formas de placer que puedo experimentar. Mi cuerpo desnudo postrado en este chaise lounge, bañado por la luz amarillenta de las farolas y por la luna que las acompaña. Mi pie derecho va subiendo lentamente por mi pierna izquierda con un suave roce hasta llegar a la altura de mi rodilla para volver a bajar. Deslizo una pluma negra desde mi clítoris hasta mis pechos para continuar acariciando la piel de mis brazos hasta terminar en la punta de mis dedos. Ahora yazco extendida sintiendo el roce de la suavidad de la pluma con el tacto de mi piel que se eriza allí por donde aquella pasa. Al sentirla en mi cuello, mis ojos no pueden sino perderse en la oscuridad de la noche, mientras mi mano izquierda se desliza lentamente hacia mi clítoris acariciándolo con las yemas de mis dedos en suaves círculos. ¡Oh, bendita humedad! Mi cuerpo expresando el deseo de sentir, el placer del sexo único. Y mi dedo se desliza lo suficiente para adentrarse dentro de mí......
-¡PARA!, gritó él primero y los pocos asistentes que allí estaban reunidos le miraron con cara de pocos amigos y todos al unísono, con un dedo delante de sus labios, le dijeron ¡chiiiiiiist! Y, a continuación, lo mismo que había gritado lo escribió en la pantalla del ordenador. Entonces, ella borró sus últimas palabras escritas y se desconectó.
Él permaneció perplejo, mirando aquella ventana de chat, donde las palabras se agrupaban unas a otras, y con la firme convicción de que nunca antes había tenido tanta necesidad de escribir y no poder hacerlo.

viernes, 11 de enero de 2013

¡Qué malo era el jodio!



-¿Conocía al difunto?, preguntó el hombre canoso que se apoyaba con alguna agilidad, obtenida por la experiencia, sobre su bastón.

-No mucho, la verdad. Estoy aquí porque mi madre, que se encuentra fuera de la ciudad, me ha pedido encarecidamente que asista, respondió ella.

-Como acostumbra a pasar en estos casos podría decirle que era un buen hombre, pero, para serle sincero, le estaría mintiendo como un bellaco y, a mi edad ya no hay necesidad de guardarse las mentiras. Era un mal hombre, pero no lo que usted podría pensar por malo, no, sino esa maldad intrínseca, donde se busca el perjudicar al contrario sin tener en cuenta las consecuencias. Seguro que si le pongo un ejemplo lo ve todo mucho más claro. Vi con mis propios ojos como tiró a su hermano por las escaleras para evitar que éste fuera al baile de fin de curso con la chica que les gustaba a ambos. Aquello supuso el fin de la carrera deportiva de su hermano, ¡SU PROPIO HERMANO!, ¡crease usted!

-Pues sí, egoísta fue, admitió ella.

Y el anciano se fue cabizbajo buscando el calor del sol que despuntaba en la mañana.

-¿Conoció al difunto?, le preguntó la mujer de aproximadamente unos cincuenta años, con cierta cara de pesar.

-No mucho, pero me han comentado que no era muy buena persona. No sé cuan era de cierto.

-¡Pues toda la razón tienen! ¡Qué malo era el jodio! Ni un día libre me dio en treinta años; ni cuando mi hija dio a luz accedió a que la acompañara al parto.

-¿Y usted qué hizo?

-¿Pues qué iba a hacer? Irme con mi hija. ¿Dónde iba a encontrar a alguien que aguantara sus malos humos mañaneros o sus borracheras de corazón destrozado? Pero eso sí, váyase usted a creer que el muy cabronazo, ¡qué me perdone Dios! (a la par que se santiguaba con la mano derecha) me descontó el día del sueldo. ¡Dios le tenga bien guardado en el Infierno!

Y con estas palabras rebotando en el ambiente desapareció entre el gentío la que había sido su ama de llaves durante los últimos treinta años.

Al quedarse nuevamente la silla libre, se aproximó hacia ella, un joven de unos treinta años o eso creyó ella. Se le antojó atractivo, pero de esos que no se han percatado aún de ello, lo que les hace más interesantes.

-Esto es demasiado tedioso, ¿no crees?, le preguntó él, mirándola a través de unas pequeñas gafas de pasta negra.

-Estas situaciones son así, pero lo importante es venir a acompañar a los familiares.

-Por lo que sé los únicos familiares que le han vivido son una nuera, con la que no se habla desde la trágica muerte de su hijo, y un par de nietas. La mayor, a la que no volvió a ver desde que ésta tenía cinco años. Y la joven que ves allí con el pelo azul.

-¿Son hermanas?, preguntó ella con curiosidad.

-No, no. Son primas, pero nunca se han conocido. Ella es la hija de su hija, que murió hace cinco años de una larga enfermedad.

-¡Pobre chica!, se lamentó ella.

-¡Totalmente!, dijo él. Ahora es probable que se acabe convirtiendo en carne de orfanato, se lamentó él con una verdadera tristeza.

-¿Y tú de qué conocías al difunto?, si se puede preguntar, dijo ella.

-Soy el Director Creativo de la empresa, le contestó él, con una sonrisa, pero al ver la cara de desconocimiento de ella, aclaró diciendo: diseño de joyas.

-Disculpa, no conocía al difunto, le aclaró a él.

-¿Y entonces qué es lo que te ha traído aquí?, le inquirió él con curiosidad.

-Mi madre me ha pedido que viniera a dar el pésame a la familia, expresó ella.

-Compromisos………formuló él como para si mismo. Daba la impresión que sus pensamientos estaban en otros temas, tal vez más interesantes que el que allí se presentaba. ¡Qué maleducado por mi parte!, observó él de repente. Mi nombre es Adrián SanLuis, dijo él, mientras le extendía la mano.

-Lucía Marccino, pronunció ella, con una bonita sonrisa en sus labios carnosos, pintados de un suave rosa apagado. Encantada, respondió.

-¿Lucía Marccino?, preguntó él estupefacto.

-Sí, ¿por qué?, interpeló ella.

-¿No sabes cómo se llama el difundo, verdad?, le interrogó él.

-Siendo sincera, no le he prestado atención, le reconoció ella.

-Bruno Marccino, le dijo con una media sonrisa, mientras observaba detenidamente su cara. ¡Tu abuelo! ¿No te acuerdas de él?

-Muy vagamente. Alguna vez le pregunté a mi madre sobre la familia de mi padre, pero me dijo que mi abuelo nos echó de su vida en el momento que la culpabilizó a ella de la muerte de mi padre. Él murió en un accidente de tráfico cuando nos iba a recoger a mi madre y a mí al aeropuerto, por eso la culpa a ella.

-Era el dolor de un padre que acababa de perder a un hijo, se compadeció él.

-Mi madre acababa de perder a su marido y yo a un padre, sentenció ella, a la par que centraba su mirada en la chica de pelo azul que ahora resultaba ser prima suya.

Al fondo de la sala, había una joven de unos quince años que lloraba desconsoladamente sin tener unos brazos que aguardaran su dolor. La que acaba de descubrir que es su prima, se acerca a ella, aunque sin saber qué hacer ni qué decir. Se sentó a su lado y durante unos breves segundos, el silencio las envuelve.

-Siento su pérdida, le dijo ella con sinceridad.

-Pues serás la primera de todos los que hay aquí que lo sientan, respondió ella, sin mirarla. No era un buen hombre, lo sé. ¿Sabes qué hizo cuando vio que un chico me daba un beso?, preguntó ella de forma retórica y sin esperar respuesta, contestó: Cogió su escopeta y tras un primer disparo de aviso al aire, le persiguió mientras le iba disparando justo detrás de los pies. ¡Sólo teníamos diez años! Desde entonces ese chico no es capaz ni de mirarme a los ojos, se lamentaba ella.

Nuevamente el silencio, se apoderó de ellas, entre el murmullo de las voces de la gente que llenaban el lugar, más bien llamados por la idea de comprobar que realmente había abandonado este mundo, que por expresar su pésame a los familiares.

-¿De qué conocías a mi abuelo?, le preguntó la chica del pelo azul, aunque no con demasiado interés.

-Realmente no lo conocía. Estoy aquí porque mi madre me lo ha pedido. Sin embargo……….estando aquí he descubierto que también era…………mi abuelo, respiró ella profundamente, con la vista en los baldosines.

-¿Eres Lucía?, le inquirió, mirándola a los ojos y con una sonrisa en los labios.

-Sí, soy yo. ¿Has oído hablar de mí?, le preguntó.

-Sí, pero no gracias a mi abuelo. Mi niñera, la Sra. Cantino me hablaba de mi tío, es decir, tu padre, y también de tu madre y de ti. ¡Deseaba tanto conocerte!, expresó ella con emoción.

Él me dijo que no me dejaríais sola y no se equivocaba. No sería bueno, pero siempre cuidó de mí. 
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NOTA: Éste es un ejericio del taller que inicié en clase, la mitad, y la otra la he terminado en casa. Consistía en presentar a un personaje a través de varias voces.