domingo, 17 de noviembre de 2013

Los susurros del andén



          Alma llegó agitada a la pequeña entrada de la estación. Ya no recordaba la hora de partida del tren, pues no prestó demasiada atención. La manga de la camiseta le caía levemente dejando intuir una piel canela con pequeñas motas de chocolate negro. A pesar de ser un pueblo turístico, en aquella altura del año no era demasiado transitado debido a las altas temperaturas. Le caían leves gotas de sudor por las mejillas, que en alguna ocasión ella hizo pasar por lágrimas aventureras pues le parecía menos vergonzoso y la dotaba de ese dulzor que muchos le acusaban de carecer. Su mirada se perdía entre los andenes y los carteles luminosos a la espera de alguna esperanzada noticia que le marcara el camino a casa, a su próximo destino.
                Cuando el nerviosismo comenzaba a apoderarse de ella, una voz potente, marcadamente varonil, masculló algunas palabras de las que Alma sólo llegó a identificar que se trataba en un idioma incomprensible para ella. Su cara debió asemejar una gran interrogación, pues el desconocido repitió las que debían ser las mismas palabras, pero esta vez en un español adecentado y una media sonrisa, dejando intuir un leve toque seductor innato y a la vez inconsciente. Alma dudó durante breves segundos si responder con una educada sonrisa o un simple gracias, pero aquella voz marcó el siguiente paso:
-Puedo acompañarla, señorita, si no le importa, expresó el desconocido, mientras hacía girar el paraguas sobre la acera.
                Alma quedó más extrañada por la visión del objeto en aquel verano asfixiante que por el ofrecimiento del nativo de acompañarla simplemente para cruzar la vía.
-¿Por qué lleva paraguas?, le preguntó ella indiscretamente y con los ojos abiertos de curiosidad.
-Porque los días de este calor inmenso, acostumbra a visitarnos una tormenta repentina. Hay que aprender a ser previsor, respondió él con normalidad, mientras daba los primeros pasos hacía la bajada al andén.
                Ella tuvo que apresurar sus pies para poder alcanzarle. A simple vista era un chico normal, nada llamativo. Alto pero sin llegar a ser desgarbado. El paso del tiempo amenazaba demasiado pronto en él, sin embargo le daba un toque de interés, apoyado por el intacto traje sastre de color negro que vestía, a pesar de los elevados grados.
                Eran dos extraños, que tenían por compañía el tic tac de un viejo reloj que colgaba en la entrada de la estación,  sentados en un pequeño banco de piedra a la espera de un tren que la llevara a cualquier parte. Si él tenía destino o motivo, se desconocía. Tras unos minutos de silencio y justo antes de que Alma lo rompiera más por la vergüenza del momento que por necesidad, él susurró sin apenas mirarla:
-Si cierras los ojos notas un leve soplo de alta calidez que te acaricia el cuello y serpentea entre tus piernas, palabras que provocaron un sutil rubor en las mejillas de Alma. No obstante, ella no se atrevió a  separar sus labios y siguió con atención las palabras que el desconocido iba esculpiendo con su lengua.
-Sientes como tu piel se va erizando según va salteando tus lunares. Tu falda se agita, pues el aire morboso pretende mostrar tus muslos, y tras pronunciar estas letras, giró lentamente su cara para perder su mirada en el muslo izquierdo que después de un cruce inocente de piernas, Alma quedó al descubierto. La mirada de ambos se encuentra provocando inesperadamente un calor interno en Alma, motivando que rozara sus muslos para calmarse.
                Súbitamente, caen las primeras gotas de una tormenta imprevista sobre el pecho de ella provocando la erección de sus pezones.
-Esa gota de lluvia traviesa descendiendo entre tus pechos, absorbiendo el olor de tu piel, sintiendo la suavidad hasta desembocar en tu ombligo. Y una compañera envidiosa traspasando las fronteras de tu cuerpo, refrescando tu calor interno. Ese contraste de humedad caliente que aguardas entre tus piernas convergiendo con el frescor del agua recién nacida en la tierra, le susurraba él al oído sin tocarla, mientras veía que el cuerpo de Alma se agitaba inconscientemente, mordía su labio inferior y clavaba sus manos en el banco.
                Y al fondo del paisaje se escucha el traqueteo del tren quedando el andén inundado de maletas, trolleys y despedidas a corto plazo. Ambos se levantan. Alma está agitada, sudorosa, ansiosa de perder el tren que ahora se le presenta delante, pero cuando decide desear aquel momento, a aquel desconocido, se gira lentamente y los susurros se han ido con él.

4 comentarios:

  1. :( Buah, te diste de baja? Podías haberte despedido :(
    Bueno, si quieres charlar, ya sabes mi whatssap.
    Besos

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  2. Mmmmmm una se queda con ganas de más! Muy bien escrito. ;)

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Confesó