jueves, 27 de diciembre de 2012

Sus recuerdos (reeditado)



Acostumbraba a echarse la siesta encima del sofá. Sus mini-shorts negros y su camiseta de tirantes eran su pijama de tarde. El toldo a medio cerrar. Las ventanas estaban desnudas porque le gustaba ver el mundo desde cualquier punto, pero sobre todo, le gustaba que el mundo le viera a ella. Su cuerpo derretido por las altas temperaturas, se agitaba por la inquietud de sus pensamientos. Acostumbraba a soñar despierta con los hombres que había deseado o que deseaba en su vida. Aquellas ideas eran suficientes para subir la temperatura de sus poros. El rugido de las cilindradas se aproximaba a sus recuerdos. Aquel 1,80m que conoció en una vieja cantina de Zamora volvía a su memoria. Sus caricias repartidas por debajo de su camiseta. Sus besos carnosos que la derretían entre su oreja y su clavícula. Sus palabras se transmitían a través de calladas miradas. 
Ella, a horcajadas, encima de las musculadas piernas. Su falda se confunde, por encima de sus piernas, con el culote. Besos lentos, eternos, como si aquellos fueran únicos; el único punto de conexión, después ambos volverían a sus vidas, a sus ciudades.
Con sus recuerdos en la memoria, con su aroma sobre su piel, ella se acariciaba los senos como si sus manos fueran las de él, grandes y fuertes. Delicadamente, iba bajando su mano derecha mientras se acariciaba con las puntas de los dedos. Su lengua humedecía sus labios imaginando esos otros labios carnosos frente a ella, encima del sillín de su moto, a la orilla del río, una calurosa tarde de verano. Sus dedos llegaron hasta su clítoris; allí donde hace seis meses estuvo él en todo su esplendor. Sus dos cuerpos acoplados en cada embestida; los gemidos de ella acogidos por el silencio de él. Y, en la soledad, de su sofá, ella se autocomplace con suaves caricias.
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NOTA: Anteriormente publicado el diecisiete de mayo de 2011.

domingo, 23 de diciembre de 2012

Tú me encuentras, yo te busco

-¡Llegas tarde!, le dijo ella sostribada en la pared multicolor de la renovada biblioteca cuando él pasaba a su altura.
. ¡¿Cómo?!, le pregunto él sorprendido por aquella interrupción de sus pensamientos.
- Todos los días a las 10.30 horas entras por esta puerta. Según mi reloj ya son las once. Se quedó ella mirando directamente a sus grandes ojos verdes aceituna.
- Me empiezas a preocupar. ¿Me estás vigilando?
- Desde hace un mes miro cómo centras tu mirada en los libros más raros nunca vistos: latín, griego y cualquier otra lengua ya apenas hablada por unos pocos.
- Será mejor que me vaya, dijo él mientras adelantaba su pierna izquierda.
- ¿No quieres saber quién soy?
- No creo que nos conozcamos.
- Si en vez de mirar el largo de mi falda durante los tres últimos meses, me miraras a mí, me habrías reconocido, dijo ella sutilmente.
De repente, la cara de él comenzó a desencajarse. Hacía tiempo que se había fijado en ella. Tenía una mirada muy dulce, aunque su aspecto tendía a ser bastante agresivo. Solía ir de negro: minifalda con vuelo, calcetines por encima de la rodilla y una camiseta de algún grupo heavy del momento. La descubrió el pasado quince de mayo. Sus amigos insistieron en descubrir nuevas áreas de diversión y acabaron en el bar heavy de la zona. Allí, estaba ella, contoneando sus caderas al ritmo de la música, mientras canturreaba la letra y echaba una partidilla al futbolín. Desde entonces no fue capaz de quitar sus ojos de ella. Cada fin de semana arrastraba a sus colegas hacia aquel rincón oscuro invadido por todo tipo de personajes: heavies reales, pijitas que intentaban, sin demasiado éxito, formar parte de aquel mundo y gente como Alex.
Durante aquellos tres meses nunca la vio llegar demasiado lejos con un chico, lo que hacía que la ilusión o la esperanza invadiera a Alex cada fin de semana.
Él es el típico chico que aparenta todo lo contrario a lo que realmente es. Su vestimenta sería calificada entre lo hiphopero y lo casual. Es lo suficientemente atractivo como para llamar la atención de cualquier chica que palpite por un morenazo de ojos verdes y pelo ligeramente caído sobre su cara. Acostumbraba a tapar su mirada entre mechones, permitiéndole mirar sin llamar la atención de nadie. Ni si quiera de ella.
- Creo que necesitas un poco de agua, le instó ella al verle con la mirada perdida en mundos ajenos a aquel momento, a aquella situación. ¿Nos sentamos allí?
Él aceptó sin mediar palabra y se dejo llevar por ella hasta el parque más cercano que a esa hora estaba invadido por madres y pequeñajos gritando a pleno pulmón para llamar la atención de sus progenitoras.
Una vez, allí, con la seguridad de permanecer quieto, cogió el suficiente aire para poner en movimiento sus pensamientos con la idea de transmitírselos a ella.
- Lo siento. No pensé que te hubieras dado cuenta, dijo él sin dirigir su mirada hacia ella, observando el vaivén de los columpios, donde dos críos se impulsaban mutuamente intentando llegar a un mundo sólo de diversión, donde no es necesario crecer.
- No pasa nada, dijo ella sin importancia. Aunque me gustaría saber por qué nunca te has acercado a mí. Tres meses es demasiado tiempo para mirar sin tomar otras medidas. No parece que tengas demasiados problemas con las chicas.
- Siempre hay una primera vez. Además, nunca pensé que entrara dentro de tu "prototipo". Por cierto, ¿cómo sabías donde encontrarme?
- Soy una chica de recursos.
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NOTA: Este texto fue escrito en el 2010 pero no había visto la luz. He conservado el nombre original que aparece en el texto.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Trescientos sesenta y cinco días

1.450 lágrimas derramadas sobre la almohada.
875 pestañeos frente a los apuntes.
25 saltos de alegría.
17 sonrisas de incredulidad.

1.173 carcajadas acompañadas.
846 besos a dos lados.
184 sonrisas eternas.
12 abrazos de estación.

1.747 pensamientos sin descifrar.
635 sonrisas provocadas.
54 conversaciones entre la nocturnidad y el sol.
1 mirada directa.

1.850 risas en vieja compañía
30 orgasmos
12 polvos
0 caricias





lunes, 17 de diciembre de 2012

Desaparecido



Sentada en el borde de la cama, buscaba entre pensamientos de aquella fugaz noche, el porqué de aquella ausencia. Sólo quedaba el olor de su cuerpo y las palabras susurradas a media voz. Apenas tres horas antes, la habitación había sido su campo de batalla. La casualidad quiso que se conocieran por primera vez en una barra de bar, donde ella suplicaba por una pequeña dosis de azúcar. Él, escuchando su dulce voz, osó a invadir un terreno que ahora ya no le pertenecía y le ofreció lo que ella tanto ansiaba, como si fuera una drogata esperando su dosis diaria. Mientras saboreaba los granillos de azúcar, sus ojos permanecieron cerrados, concentrándose única y exclusivamente en aquella labor. Por su parte, él, como quien vislumbra a un ser amado ya desaparecido a los pies de la cama, la observa con detenimiento, como si ella fuera un imán y él una pieza metálica que se siente atraída.
Cuando ella abre los ojos y se fija en él, sus labios susurran su nombre, un nombre que nunca creyó poder tocar, palpar, acariciar. 
Dos miradas incrédulas, penetrantes, temerosas se entrecruzan entre ellos dos. Los gestos se vuelven torpes e inexpertos. Sin embargo, las mentes se liberan, se tranquilizan y pronto recuerdan el pasado que hay formado entre ellos dos.
Al cerrarse las puertas del ascensor, ambos se miran intentando descubrir los ocultos pensamientos del otro. Ella, se acerca temerosa de obtener una negativa, pero él la agarra por la cintura para terminar de atraerla hacia sí; se funden en un beso que dura hasta la décima planta. La camisa de ella es desabrochada, quedando al descubierto un sujetador blanco. Su camiseta ya descansa en el suelo, mientras ella recorre sus pectorales con su lengua. Las puertas del ascensor se abren y ellos salen comiéndose a besos hasta la puerta de su casa, la de ella. Al cerrarse, él la sostriba en la misma, al mismo tiempo que hacer descender sus braguitas por sus piernas. Allí, sin preliminares, él desea penetrarla. Las rodillas de ella por su cintura; vestida sólo con los zapatos de salón y una minifalda, la hace suya para siempre. 
Ella, se pone de rodillas, y saborea su potente miembro. Lengüetazos suaves; recorrido completo por el glande hasta introducírselo poco a poco en la boca. Movimientos de boca y mano al compás, intercalando la suavidad y la rapidez. Despacio. Despacio. Despacio. Despacio. Rápido. Rápido. Despacio. Despacio. Despacio. Rápido. Rápido. Rápido. Despacio. Despacio. Rápido. Rápido. Rápido. Rápido. Parar.  
Él, extremadamente excitado, la tira sobre la cama y la penetra por segunda vez, haciendo que con cada embestida toque el placer, sólo unos segundos antes de que lo toque él. Ésta sólo fue la primera batalla de aquella noche.
¿Volverás a llamar a mi puerta?, pregunta ella. Obteniendo el silencio por respuesta.

martes, 11 de diciembre de 2012

A escondidas



Reposan en algún rincón que ya tengo olvidado, pero cada noche cuando deposito mi cuerpo sobre el colchón, instintivamente se retozan junto a mis lágrimas, vertidas sobre mis mejillas. Líquido transparente salado que mis ojos emiten a escondidas de mi razón, mientras mi mente duerme. Y en la madrugada me baño en lágrimas y me seco con vosotras hasta que os vuelvo a esconder, bien al fondo de mi misma. El sueño tarda en volver a aparecer; la luna me acompaña entonces en la soledad de este silencio que sólo mi débil respiración se atreve a romper. Y, otra noche más, yo he ganado este juego y vosotras seguís a escondidas.