lunes, 19 de marzo de 2012

Una ficción real, casi palpable.

Me situé al otro lado, en un rincón oculto por las sombras de las nubes que acompañaron el día. Vi tu mirada perdida, algo inquieta. Estabas rodeado de gente que iba y venía hacía ti con palabras bonitas, deseos de un futuro prometedor, a lo que tú respondías con un humilde "gracias". Estabas muy guapo con ese traje negro. Permanecí callada, ausente en la distancia, arropada por las ramas de un viejo olivo que hacía algunas semanas le habían arrebatado su vestimenta. En esos momentos, se arremolinaban a tu alrededor como un último intento de sacarte de aquella locura. Llevaba puesto el vestido negro ajustado, el que me marca todas las curvas, que sólo con verlo siempre acababa tirado en el suelo, sin importar dónde estuviéramos. Sé que el protocolo no recomienda el negro para estas ocasiones, pero mi corazón está de luto. La hora estaba próxima. Las lágrimas se derramaban por mis mejillas, aunque mis ojos se ocultaban detrás de unas grandes gafas de sol, aunque tanto éste como yo, estábamos ocultos, buscando un resquicio de oportunidad para brillar. Mis tacones rechinaban contra la arena, mientras a mis espaldas sonaban los frenos de un recién estrenado Mercedes para el momento. La puerta se cerró entre aplausos de asistentes. 

             Una desconocida camina por un camino de tierra con tacones de aguja y vestido de fiesta. La celebración de un duelo por amor. 

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He recordado esta entrada y me apetecía volver a compartirla. Ya fue publicada bajo el título "No estoy para la ocasión" el pasado 25 de octubre de 2011.