miércoles, 26 de septiembre de 2012

¿Muestras tus cartas?




El local estaba abarrotado. Cosa normal a esas horas nocturnas y puesto que no hay mucho más donde escoger. Al principio, entras con cierta confusión. Tus ojos tienen que irse adaptando de las luces amarillentas de las farolas que alumbran la noche a las lámparas multicolores y siempre en movimiento que se distribuyen por toda la sala. Intentas vislumbrar caras conocidas o, en el mejor de los casos, un hueco donde aposentar los cansados zapatos de tacón, que ya andan deseosos de echarte de su camino. Sin embargo, toca mantener la compostura y mantienes tu postura erguida, con tu mirada perdida e intentado escuchar el comentario de turno de alguna de tus amigas sobre que tal o cual es adecuado para una o varias noches. Aunque tú sigas pensando, como buena señorita, en cruzar el umbral de tu residencial y retirar deseosamente los tacones de tus pies y caminar por el suelo desnudo, a la par que vas pidiendo no encontrarte con ningún vecino, el cual llegara a pensar, ¡esta loca descalza a las cinco de la mañana.....! No sé si son normas o costumbres no escritas, pero una vez que hemos decidido nuestra ubicación o más finamente, nuestras coordenadas, toca examinar nuestro alrededor, con vuelta de niña del exorcista incluida, no fuéramos a perdernos lo más recomendable. Pero, como me decía mi tía Enriqueta, ¡hija, lo tuyo no ha sido elegir hombres, ¿no serás de esas raritas que tienen "amigas"?! Pero era mejor asentir a tenerle que explicar que las relaciones ya no son como antes y a veces preferimos seguir el riachuelo a preguntarnos porqué y hacia dónde... 
He de reconocer que me pasó completamente desapercibido, más por la multitud de gente allí conglomerada que porque él no fuera a surtir ningún efecto en mí. Fue Luisa la que me dio el aviso. Si no fuera por las amigas las probabilidades de ligar serían infinitamente inferiores a las que realmente son. Yo miré desinteresadamente no fuera a darse cuenta que pudiera estar interesada, y es que las cartas solo se pueden mostrar en el momento justo. Primero una mirada aspersor con unos segundos de detenimiento en el interesado. El siguiente paso es comprobar que la mirada no es una casualidad y realmente te está mirando a ti y no a la rubia tetuda que baila exageradamente detrás de ti, que es más que probable. Después de tres o cuatro coincidencias de miradas de confirmación, éstas pasan a ganar profundidad e intensidad, incluso si hay atrevimiento, puedes lanzar alguna media sonrisa. Llegados a este punto, surge la duda, tus amigas te dicen de cambiar de sitio o incluso de finalizar allí la noche, o dar un paso de aproximación física dotando de voz a la conversación. Tú o él. Él o tú. Tú esperas que sea él porque la independencia femenina es inferior a la timidez del primer momento de intercambio de saliva, que no me refiero a intercambio bucal, no señor. Frente a frente. El tema de conversación. La mirada. Los gestos. Según juegue cada uno sus cartas, optarás por acompañar a tus amigas o intercambiar............ y tú, ¿juegas tus cartas?

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Confesó