martes, 27 de septiembre de 2011

Perdida en septiembre


Lágrimas secas son derramadas por sus mejillas. La luz se está apagando como el quemar de una vela, lenta y apaciguadamente hace ya algún tiempo. La oscuridad se filtra entre las ramas de los árboles. Los verdes se tornan en una negrura plena, extensa, infinita. Los moratones son el reflejo de los pequeños golpes internos que ha sufrido el corazón. Pero ella acostumbra a arrancarse las postillas, buscando entre el dolor el sentimiento que una vez vivió, que guarda su regreso. Aquel caballero le despertó de un letargo que desconocía sentir. Evolucionó, aprendió, vivió, sintió. Y después desapareció, a pesar de las promesas, de las palabras, sin explicación. Sonidos vacios que van y vienen, retumbando en su mente. Ella se desgarra la piel de su pasado con uñas inexistentes. Deambula con pies desnudos entre ramas caídas, sin saber qué camino ha de elegir, pues la luz que un día encontró y que ella busca con desesperación ha optado por apagar el interruptor. Pues, entonces, ella se encuentra perdida en este caos de incertidumbre mientras él agradece su amor. Sólo pide su regreso, que alumbre su oscuridad. Y ella se pregunta, ¿qué es lo que él querrá?

jueves, 15 de septiembre de 2011

¿Juegas al escondite?

Adriana se esconde cada noche detrás de una sutil sábana blanca transparente como si eso fuera suficiente para escapar de sí misma. Pero la máscara no es permanente, no es más que una fina capa de maquillaje que se corre con el sudor, las lágrimas o con simples gotas de lluvia, quedando ella sola, desnuda ante sí misma. Ella frente al espejo. Ella contra su reflejo. Ella afrontando su propia realidad, la tristeza de su vida, la soledad de su corazón.
A veces juega a probarse diferentes máscaras que esconde en una pequeña caja de zapatos en el segundo estante de su armario, al fondo, detrás de los zapatos negros de salón que nunca fallan para una cita. Dispone de una máscara de alegría permanente, echando de su lado, la negatividad. O la de la sonrisa bonita y seductora, que hace que todos se fijen en ella. Máscaras de quita y pon, que un día optó por comprar de oferta en el super de la esquina. 
Pero cada noche Adriana se sienta frente al espejo y con el rímel corrido por las lágrimas derramadas le confiesa las penas que guarda detrás de sus ojos.