jueves, 26 de mayo de 2011

Triste belleza


     Cuando la conocí rozaba los sesenta. En su rostro no había marcas de una belleza juvenil, sin embargo, aquellos ojos marrones, tan intensos, profundos, hacían prever que hubo un tiempo en que fueron bellos, más de los que en ese momento eran capaces de transmitir. Me enseñó sus mejores recuerdos a través de las imágenes tomadas por viejos amantes, de los cuales ahora sólo era capaz de recordar el olor de sus despertares y el sabor de sus lágrimas cuando ella los veía partir de su lado. Aquella mujer solía decir que la lágrima derramada por cada uno de ellos era distinta, como fue el amor que sintió por esos chicos, siempre a su manera. Nunca pudo retenerlos.
       No fue una chica llamativa, aunque ella solía decir que su época más linda fue alrededor de los treinta; será porque fue cuando dejó de ser una niña para empezar a sentirse una mujer. Pero ni aquella mirada penetrante ni la dulzura de sus gestos fueron nunca suficientes para retenerlos a su lado. 
      Ahora su sonrisa se apaga entre vagos recuerdos. Su mirada se pierde entre la multitud desconocida con la secreta esperanza de que algún día uno de aquellos amantes quiera regresar a su lado.

domingo, 1 de mayo de 2011

Sueños de medianoche


Nos escondimos en aquel viejo cuarto, tras las escaleras de la segunda planta, después de la sala de ordenadores de los de segundo de carrera, ¿te acuerdas? Dos pares de vaqueros tirados sobre el suelo. Mi camiseta sobre el pomo de la puerta. La tuya, sobre la pila de viejas CPU, de una generación ya olvidada. El aire la ondeaba como la bandera de un barco pirata reclamando su territorio. Golpeaste mi espalda contra la puerta, sujetando con firmeza mis brazos por las muñecas, quedando a tu merced. Me clavaste tu mirada con tal intensidad, que aún hoy sólo necesito cerrar los ojos para sentirla sola para mí. Me susurraste al oído derecho que cerrara los ojos y cuando mis párpados se bajaron sentí tus labios recorrer lentamente mi cuello hasta la clavícula, haciendo estremecer todo mi cuerpo. Tu lengua saboreó mis pezones haciéndolos endurecer. Ibas bajando hacia mi ombligo; tus manos acariciaban las curvas de mi cuerpo. Sutilmente retiraste la última pieza que cubría mi cuerpo, quedando a tu merced. Sin embargo, me clavaste tu mirada; tus labios se posaron sobre los míos salvajemente. Mis manos revolvían tu pelo. Tu brazo derecho se pasaba por detrás de mi cintura atrayéndome hacía a ti. Me deshice de tus brazos para recorrer tu cuerpo con mis labios, hasta llegar a la altura de tu ombligo. Tu pene erecto solicitaba mi compañía. Mi mirada se volvió traviesa al encontrarse con la tuya. Empecé a acariciar tu pene con mi mano para darle la bienvenida. Movimientos suaves, movimientos rápidos. Gemidos. Labios. Lengua. Hacia dentro. Hacia fuera. Más gemidos. Lento. Rápido. Muy rápido. Parar. Mi cuerpo se incorporó recorriendo tu torso con la punta de mis dedos hasta encontrarnos nuevamente. Un beso dulce, suave, lento.
Las embestidas fueron salvajes, rápidas. Nuestros cuerpos sudorosos, entrelazados, se movían al compás. Los gemidos al principio imperceptibles, salieron en grito de mis labios, trayéndome a la realidad, alejándome de tus caricias, de tus besos, de tu penetrante mirada.
Sola, en la oscuridad de mi habitación, abrazada a mi almohada, con el calor en mi ser, me dediqué tus últimos recuerdos.